Porqué odio las tardes

Vulnerable.

Odio esta hora del día, es temprano para cenar y tarde para estar contigo; las manecillas del reloj no marcan ni siquiera las siete, es la peor hora para mí, es cuando pareciera ser toda alma, mi cuerpo no cabe en su propia piel, quisiera arrancarla y habitar todo este espacio que justo ahora luce tan amplio.

Obsesionada por el tic tac empiezo a contemplar mi cuerpo, sabes bien que empezando no puedo parar, en especial me pierdo en mis manos, en ellas recuerdo el daño que me he hecho y todos los poemas que he escrito, son mi parte más vulnerable, como quien dice mi talón de aquiles.

Tan delgadas, un poco frágiles, corrompidas por la ansiedad del momento, despiertan en mí el profundo deseo de querer ayudarlas, hacer algo por ellas, pero mi amplio deseo se consume en una leve caricia. La derecha más indefensa que la izquierda, se asoma un pequeño cayo por debajo, dónde comienza el dedo índice, rompiendo su armonía, parece que la bulimia se ha empezado a notar.

Alzo la mirada, sólo han pasado cinco minutos y ya he terminado mi café, sabes que lo tomo descafeinado para poder dormir, normalmente a esta hora suele rescatarme de mi misma, pero parece que hoy no lo lograré, siento cada instante tan débil, como si estuviera a punto de quebrarse.

Y es que ya no sé que hacer, lo he intentado todo, desganada casi arrastrándome, he vuelto de caminar por ningún lugar por una media hora quizá, me he llevado al perro, sabes que me anima ver la curiosidad con la que se acerca al mundo, pero esta vez no es suficiente, lo siento.

Al volver he preparado mi café y he hecho los ejercicios de respiración del doctor Rangel, tampoco ha sido suficiente, pareciera que está a punto de suceder y no quiero, no otra vez.

Derrotada, en un último intento para entrar en mí, me derrumbo en mi cama, lo siento, lo siento, lo siento, he comenzado a llorar. Que alguien me detenga por favor, me encierre, ¿que nadie ve lo que estoy a punto de hacer? Absurdos pensamientos, estoy sola, nadie vendrá.

Sonriente, bajo las escaleras corriendo, como si huyera de mi propio malestar, abro la puerta del refrigerador y comienzo de nuevo.

Me desconozco, yo no soy quien veo ahí, ella está tan perdida, ¿quién eres tú? ¿qué haces en mi casa? ¿por qué devoras mi comida? Pareces tan necesitada y hambrienta que te dejo ahí, yo sola me siento en la sala a esperar; deseando esta vez, sólo esta vez, no terminar en la taza de baño, haciéndome daño, con mis manos.

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