Simón

“La libertad no tiene su valor en sí misma: hay que apreciarla por las cosas que con ella se consiguen.” Ramiro de Maeztu

Contempló el rostro que tenía frente a él, se detuvo en los ojos azules y cristalinos  con un brillo especial, eran pequeños casi frágiles, despertaron en él el profundo deseo de querer besarla, hacerla suya en el gesto que imaginaba superaría la majestuosidad de su pasión por vivir los atardeceres de la ciudad, pero su amplio deseo se consumó en una leve caricia.

De ratos con el pretexto de jugar con su cuerpo, tocaba furtivamente su cintura, su torso y su cabeza, sin entender que entraba en contacto con un completo misterio. Bajo la mirada del sol, escucharon sus nombres pronunciar, obligándolos a despedirse sobre la hierba que había resguardado el encuentro.

Dejando los rayos del sol sobre su espalda, volvió a casa y con el perfume de Luna sobre su cuerpo empezó a cenar, no podía creer lo que había sucedido, entusiasmado, se puso a adivinar el futuro en la comida servida sobre su tazón.

El calor y los murmullos de la casa, pronto hicieron vagar sus pensamientos, que comenzaron a imaginarla de nuevo a su lado. Dando un par de sorbos al agua, decidió volver a verla.

-Como las hondas de esta agua –pensó–, así corre el tiempo. Y no tengo tiempo que perder.

Se acercó a la puerta, nervioso de que ellos supieran lo que estaba a punto de realizar. En medio del sigilo Angelina –que iba llegando a casa del trabajo- abrió la puerta y él sin dudarlo la empujó corriendo sin mirar atrás, así como a quien se interpusiera en su camino. La impulsiva salida rompió inmediatamente la armonía de la casa, que parecía emitir los alaridos que los miembros de su familia hacían con dolor por la inesperada escapatoria.

Simón ya estaba cerca de la esquina cuando decidió hacer caso a los gritos con  su nombre y cesó de correr.

-¿Realmente voy a hacer esto? Es una locura.

Y encontrando respuesta en el fondo de su espíritu, dejó que su nombre se desvaneciera en el fondo de la calle, mientras retomaba su camino.

Ya estaba cerca del parque donde había conocido a Luna y disminuyó su carrera. Dejó que la memoria lo ayudara a recordar hacia dónde había emprendido camino ella, al final, era por Luna quien había huido de casa.

Estaba cansado. Tenía sueño y parecía que la suciedad se le comenzaba a adherir a todo su cuerpo dificultando sus movimientos. Había empezado a dar vueltas sin sentido y el entusiasmo empezaba a decaer, la vereda lo había llevado a un lugar desconocido y ya estaba bastante lejos de casa como para volver.

Se encontraba en una extensa calle con lujosas pero rústicas casonas y amplios jardines adornados de flores, donde se detuvo y tirándose en el suelo, se dispuso a descansar. Sobre el pasto recostó todo su cuerpo, disfrutando la sensación de placer que brinda una superficie tan suave. Miró las estrellas como puntos diminutos en lo profundo del cielo y la luna le recordó a ella.

-Si logro volver a verla todo este esfuerzo habrá valido la pena. Se dijo rascándose la cabeza mientras se volvía y se acomodaba para dormir.

Tenía buenas razones para prenderse del recuerdo de Luna, recordar ese instante en el que conoció a una chica tan linda y espontánea, nadie había despertado en él el deseo de volver, todo en su vida tenía la característica de la fugacidad, un paseo, un lugar, una caricia, no podía dejarla ir, no ahora que había tenido el valor de realmente salir de casa.

Hacia el final de la noche una mariposa blanca, de esas pequeñas que suelen volar cerca de las flores, se posó sobre la nariz de Simón, quien despertó a causa de las cosquillas que las pequeñas patas del insecto hacían sobre su nariz -era un horario extraño para las mariposas, parecía como si supiera que los dos estaban en medio de una aventura y necesitaran compañía para seguir adelante-.  Haciendo bizcos observó fijamente las alas del ser que le había dado el despertar más inusual que había tenido, le pareció un momento mágico que querría conservar siempre, pero intempestivamente la mariposa voló perdiéndose en lo profundo de los jardines, haciendo que Simón recordara que había pasado la noche afuera y eso lo hacía sentir diferente, algo había cambiado. Una inesperada sensación de valor recorrió todo su cuerpo poniéndolo en marcha.

Radiante, recorrió con calma la calle que anteriormente le había parecido grande e imponente, se percató de que en realidad lucía bastante acogedora. El ruido de una podadora interrumpió sus pensamientos haciéndolo disfrutar del perfume natural de un pasto recién cortado. Sobre la calle, vio una food truck adornada con un tablero que tenía escrito con gises de colores “Corazón Parlante”, que dejaba ver en la barra diferentes tipos de jugos, malteadas, emparedados y cócteles de frutas, un festín de olores tropicales y colores que obligaron a su mirada, casi de forma inconsciente, clavarse sobre los sándwiches. Había de salmón, jamón, pollo, vegetarianos y su sabor favorito… tocino. Con un nudo en el estómago recordó la última vez que había comido, no parecía que tan sólo hubieran pasado un par de horas.

Un muchacho que se dio cuenta de su condición, se acercó amablemente ofreciéndole una rebanada de tocineta sobre un pedazo de pan que dejaba ver un poco de queso crema y un tazón de leche, haciendo que el mundo luciera un poco más gentil.

-¿Qué habrá sido de ese mundo hostil del que escucho hablar a mi familia? Pensó mientras agradecido por el amoroso gesto, comía con prontitud.

Después del almuerzo bajó por la calle hasta llegar a un camino empedrado que dejaba ver una placa de madera con las palabras “Lago Alfalfa” grabadas en él y vio asomarse en los rabillos de sus ojos lo que parecían ser unos despreocupados gansos caminando en medio de la vereda que le recordaron a su pequeño juguete.

-“Pero estos son reales y están locos, cualquiera sabe que uno debe caminar sobre la acera si quiere vivir”. Imaginó .

Y sin dudar empezó a correr con la intención de atraparlos, saliendo despavoridos a lo que se dibujaba frente a ellos, era un lago que en esos momentos simulaba ser un espejo que reflejaba las nubes y sus abstractas figuras. Sin darse cuenta estaba chapoteando cerca de la orilla con los gansos que saltaron tratando de escapar.

Emocionado se puso a brincar de un lado a otro para salpicarse entre las aves que parecían haberle dejado de temer, como si el miedo se hubiera enjuagado con la fluidez del agua. Estaba tan feliz que no podía describir la alegría que le producía escuchar su cuerpo en el lago que recibía el embate de la corriente. Cerró los ojos y disfrutó las sensaciones encontradas por las distintas temperaturas, por un lado la tibieza del sol que llevaba unas cuantas horas sobre su cabeza y por otro las frescas corrientes que le hacían recordar que estaba vivo.

En medio de sus impulsivos movimientos se dio cuenta de que los paisajes en los que se encontraba, fácilmente podrían convertirse en postales, el sol iluminaba el oleaje del agua dibujando pequeños espejos en las ondas provocadas por la corriente.  Los gansos sumergían sus cabezas mientras desplegaban sus alas como tratando de abrazar el cielo. Se oía que ladraban los perros y se sentía en el aire el olor de la vegetación, se saborea ese olor como si fuera de libertad, pero el bosque todavía estaba más alejado, era el viento el que lo acercaba, se alzaba alrededor de las casas que desde ése lugar parecían pequeñas cabañas de colores.

Simón contempló un instante el panorama del que ahora formaba parte, pensó en todo lo que hasta ahora había hecho, ni el más largo paseo tenía comparación. Una especie de azar lo había llevado hasta ese lugar y todo porque una tarde en que la Ciudad de la Hoja abría las puertas al otoño, había decidido seguir su sueño.

De un momento a otro se dio cuenta de que realmente ya no importaba tanto si volvía a ver a Luna, estaba dispuesto a disfrutar esa aventura y agradeció al recuerdo de la chica por haberlo impulsado a salir de una vida de rutina y cuatro paredes que ahora le parecía tan pequeña.

Levantando gotas de agua grandes y gordas salió del lago, miró al cielo sintiendo el viento que venía del bosque como una invitación a alcanzarlo y las gotas caídas sin equivocación se desvanecieron en su boca desapareciendo la sed.

Conforme avanzó dirigiéndose al bosque, el camino perdió su empedrado así como sus orillas y la tierra se hizo pastosa, pero le gustó caminar sobre el lodo durante horas pisando la suavidad del suelo, se sintió agusto adentrándose en el tupido boscaje que encerraba un ambiente más frio y húmedo. El quebrar del follaje bajo sus pies le brindaba tranquilidad, sobre las copas verdes de los árboles se escuchaban los cantos de distintas aves ocultas en la espesura de los sauces. Los ladridos de los perros ahora parecían profundos aullidos que lo estremecieron. Con cautela, se detuvo a observar a su alrededor tratando de encontrar a las bestias que emitían tan impresionante sonido, no venían por el lado norte, sino por otro rumbo de donde llegaba ese olor a fresco y los murmullos del bosque, era seguro que se acercaban. Después de esconderse bajo la raíz externa de un roble, estuvo esperando a la salvaje manada pero nada llegó y recogiendo su cuerpo se acomodó para cubrirse de la lluvia que lo alcanzó en su lugar. El sol que avanzaba entre los nubarrones y el horizonte terminó de desaparecer, llevándose la escasa calidez consigo.

Helado por la temperatura a Simón le pareció escuchar el llanto desamparado de un cachorro, pero con poca visibilidad por  el aguacero, decidió ignorarlo mientras se acurrucaba intentando descansar en medio de los ventarrones y la humedad.

Entrada la noche, vio a un pequeño animal, una cría de lobo que salía de entre dos rocas que lo habían cobijado del aguacero que para ese momento sólo era una brisa con esporádicas gotas, invadido por la ternura se preguntó qué haría un animal tan indefenso y solo en el bosque, a pesar de encontrarse en una situación similar,

-Yo no estoy desamparado, yo no estoy perdido.

Se decía a si mismo, tratando de convencerse.

Temeroso, el lobo se acercó a él, olfateando las cortezas y ramas sueltas que estaban posadas en el suelo removido por la lluvia. Con los ojos azulados aún de cachorro, colocó su mirada en la de Simón buscando alguna intención que le advirtiera de un peligro, pero ese contacto visual sólo contenía curiosidad y así cuando su ojo se sentía agusto teniendo en quien recargar la mirada, se recostó junto a él invadido de la seguridad de tenerlo a su lado.

El viento que atravesaba los árboles era más frío que otras veces e hizo que a Simón lo arrollara el sentimiento de nostalgia por su familia. Aquella madrugada se dio cuenta que los extrañaba, le hacía falta su cariño y reaccionó besando al cachorro que tenía a su lado. Acurrucándose hasta doblarse poco a poco envolviendo al pequeño animal con su cuerpo para tratar de dormir, entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse solo.

Hacía varias horas que había salido el sol, pero Simón y la pequeña cría estaban dormidos,  sin embargo los ruidos que provenían de los animales salvajes los hicieron despertar enseguida y pegar el brinco del suelo. La mañana estaba llena de neblina, parecía que había seguido lloviendo sin parar.  A la hora en que Simón asomó la nariz fuera del árbol los ruidos se habían esfumado. Se volvió y miró a su amigo, el cual se estiraba con sus pequeñas patas como si estuviera saludando al sol.

Según los ruidos que hacían sus estómagos ya era hora de comer y ambos se adentraron aún más en el bosque. Primero aguantaron todo lo que pudieron sin comer, pero conforme avanzaban las horas, el hambre se hacía cada vez más insoportable y el mal humor empezó a invadir a Simón.

Un río comenzó a crecer en la lejanía y el estruendo que traía al arrastrar el agua hizo correr al animal como si hubiera despertado en él un instinto de supervivencia, Simón lo siguió después de reconocer el sonido del agua.

Se notaba el ruido más fuerte y más cerca, con un olor que no pudo describir. Allí cuando el lobezno salió del río, traía en su hocico un salmón que se convulsionaba tratando de soltarse para regresar al agua, que debía de haber llevado decenas de peces brincando contracorriente. Simón no supo que hacer, nunca había pescado de esa forma, ni de ninguna otra y no acabó de saber hacerlo cuando su pequeño amigo le acercó lo que quedaba del pescado, cuando sabía que no era lo mismo que él comía a diario. Lo más seguro es que su apetito se hubiese estando desbordando para haberlo devorado así nada más, según lo veía, a esas alturas había tenido suerte.

Al ras del rio se sentaron a disfrutar del eco que provocaba la corriente del agua al chocar con las piedras y los pequeños chapoteos de los salmones. Todo era nuevo para Simón. Luna,  los gansos, el lago, la amabilidad de un extraño, el bosque, todo. Y así nada más, en medio de la inmensidad, en su espina dorsal creció un escalofrío provocado por el despertar de la idea de la libertad… la tenía, era libre, algo que cada día de su vida pensó que disfrutaba, se quedaba tan corta a comparación.

-Ninguno de mis amigos va a creer esto.

Le dijo al cachorro recostado a su lado, que sólo lo miró con un poco de incredulidad.

Los animales salvajes volvieron a hacerse presentes por medio de un aullido tan agudo que lastimó sus oídos. Los latidos de su corazón se precipitaron cada vez más. Simón levantó sus orejas en señal de alerta. El aire entraba y salía de su nariz con tal velocidad que le provocó una sensación de mareo. La piel y el pelo de su cuerpo se enchinaron como si una bola de electricidad hubiera sido frotada contra él, quería correr, pero sólo logró encorvarse para proteger al lobo escondido entre su cuerpo. En el horizonte logró ver lo que parecían ser cinco lobos caminando hacia ellos, se preguntó si lograría escapar de la jauría que los fue acorralando contra las piedras. Detestó mirarlos a los ojos. Descubrió en su color dorado la intención instintiva de la muerte.

Llegaba un lobo de cada flanco, estaban condenados. Cerró los ojos esperando no sentir el momento en que se abalanzaran hacia él. Al momento de abrirlos miró sus colmillos que escurrían una espuma blancuzca que incrementó su temor, pero en la lejanía no pudo estimar el crecimiento de las sombras perseguidoras porque en ese momento los gemidos del cachorro lo sacaron de su ensimismamiento.

Los lobos alzaron más que la mirada y jadeando, emitiendo un gruñido entrecortado a cada golpe, comenzaron a caminar a doble cuenta. El animal más grande se deslizaba ágil sobre el agua casi quieta del río. Con movimientos directos al pequeño lobo y a Simón siguió el trayecto de sus pasos apuntando durante algunos instantes la mirada sobre el cuello de sus presas, que yacían cabizbajos junto a las piedras. Sus gruñidos eran diáfanos y se destacaban de los árboles, de la brisa, como algo de metal, sin resonancia y sin eco.

El lobo sarnoso estaba a poco menos de diez metros cuando corrió hacia ellos. Estaban perdidos. Simón y la cría se quedaron unos instantes tendidos sobre el suelo y miraron sobre sus hombros en dirección al animal que los tenía acorralados. No sabían si como un último aliento por sobrevivir, debían dejarse deslizar hacia el río para intentar escapar o quedarse quietos, era inútil, tenían las mismas probabilidades de vivir igual que si se quedaban ahí. Cuando el lobo abrió el hocico y partió la mordida, clavándole los colmillos en el vientre a Simón, sintió que las entrañas se le enfriaban y oyó un murmullo violento que venía de la profundidad del bosque. Se desplomó pesadamente y rodó por el suelo hasta quedar pasmado.

Boca arriba notó, por primera vez desde que había comenzado su huída, la limpidez magnífica del cielo, distinguió la silueta de un extraño cuando todo se desvaneció.

-Tú sí que te aferras a la vida amigo, escuchó a lo lejos.

Trató de incorporarse en un giro violento, pero su cuerpo no respondió al impulso. Entreabrió los ojos cuando la luz nítida le cegó su débil mirada, sólo logró distinguir un perfil oscuro que le resultaba familiar. Sentía su cuerpo como si estuviera forjado de hierro. La movilidad le era imposible por la anestesia. Tardó varios minutos para volver a separar los párpados. Un joven de veintitantos años se encontraba a su lado. Le costó trabajo pero finalmente lo reconoció, era el extraño que le había dado de comer,

-¿Qué haces aquí? ¿Qué pasó?, le preguntó Simón.  Pero sólo un débil chillido se escuchó en la sala veterinaria.

-Tranquilo chico, no te haré daño. Fue una gran mordida. Nunca había visto algo así. Sí que eres fuerte. Lástima que tu amigo no corrió con la misma suerte. Tú en medio de esas fieras. Que locura. No habríamos salido de ahí si no hubiera sido por mi papá. Llevaba días cazando a esos lobos. Casi terminaron con el rebaño de ovejas. Me llamo Santiago.

Le dijo mientras acariciaba su cuello encontrándose con la placa colgada de su collar.

-Vaya, te llamas Simón,  Simón el aventurero, ¿te gusta?

Le dijo sonriendo.

-¿Qué dices? ¿Quieres ser mi amigo?

El chico vio un movimiento que se distinguía en la espalda baja del animal, era la cola de Simón que se contoneaba en señal de aprobación.

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