Turno Nocturno

enlacarretera

Era primera hora de la madrugada cuando Nagasawa cruzó el puerto Fuefuki togi en dirección a su pueblo, venía de dejar un pasaje. No era algo fuera de lo usual que estuviera manejando hasta esas horas, a pesar de que Japón es un lugar lleno de leyendas de carretera. Esa noche no pudo dejar el trabajo de lado para irse directo a casa. Nunca podía. La ausencia de luz de esos rumbos le sentaba bien. Ser taxista le sentaba bien.
Extraño fue encontrar a una mujer a la orilla del camino haciéndole la parada. Vestía un traje de oficina con zapato de tacón. Lucía exhausta como recién salida de un trabajo asalariado. Al detenerse, Nagasawa no pudo evitar mirarla con lujuria, a pesar de ser un pervertido nunca le ha hecho daño a ninguna mujer y esa noche no sería la excepción.
Después de que la voz fría de su pasajera le indicara el destino, Nagasawa retiró la mirada del espejo retrovisor, hubo algo en su pálida estampa que lo incomodó. Sin conocimiento preciso de donde quedaba el lugar al que se dirigía, Nagasawa dejó guiarse por las indicaciones de la misteriosa dama, que sonriéndole tímidamente le aseguró darle las instrucciones precisas para llegar sin rodeos.
Había una serie de riscos en el monte Rokkoushi, que hacían que Nagasawa se preguntara qué motivos tendría esa mujer para adentrarse a ese lugar. Empinados precipicios se levantaban en ambos lados del camino.
Pasaron varios minutos en silencio hasta que por fin unos callejones se dibujaron frente a sus soñolientos ojos. La mujer desde el asiento trasero le dijo que entrara por la pequeña avenida, que virara a la derecha, a la izquierda, tomara calles iluminadas por faroles mortecinos que a Nagasawa le provocaron escalofríos; no supo cómo saldría de ese lugar cuando dejara a la mujer.
Obligado a recorrer una gran distancia. Lejos de llegar a cualquier destino. Y con una incomodidad ya insoportable Nagasawa giró decidido a confrontar a la mujer preguntándole exactamente dónde se encontraban, sólo para descubrir que la pasajera se había desvanecido como un suspiro sobre un espejo. Antes de sentir pavor, pensó en frenar el coche inmediatamente, volviéndose al volante sólo para ver que había cruzado el borde de un acantilado.

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