Chatarra

chatarra

En la práctica de atención plena (mindfullness) estoy aprendiendo a cómo poner atención. Observar hacia dónde van mis pensamientos y traerlos de regreso a donde estoy tratando de enfocarme. Semillas de girasoles flotando en el aire, bailando inconscientes.

No debo emitir juicios acerca de hacia donde decide ir mi mente. Es interesante. Es algo valioso para prestarle atención. Pero nunca hay “nada malo” con lo que estoy pensando. No existe una dirección supuesta a la cual dirigirme. Mi mente hace lo que hace y yo sólo tengo que dejarla. Traerla de regreso con la respiración. Tranquilidad de nuevo en mi centro de atención. Intento no enfadarme o frustrarme con su comportamiento cuando navega sin mí. Nada de eso tiene que significar algo. No tiene que suponer un peso sobre mis hombros. No tiene que cambiar nada de mí. Es lo que es y eso es todo lo que tiene que ser.

“Eso es interesante. Estoy sorprendida que hayas decidido ir hacia allá. Vamos, regresa ahora.”

Sin mi práctica de mindfullness, sin embargo, las cosas son distintas, siempre hay juicios. Odio las conclusiones a las que llego. Me atrapo a mí misma yendo a lugares a los que no quiero ir y siento que no puedo detenerme. Me parece que no puedo encontrar el camino de regreso. Cayendo a toda velocidad por los acantilados, junto con las rocas debajo de mis pies. Sin nada para agarrarme. Nada que me detenga. Estoy tan enojada con mi pobre equilibrio que no se me ocurre decidir detenerme. No tiene que haber una fuerza externa que me detenga. Es sólo otra oportunidad para practicar, para ejecutar mi estrategia. No es cambiar lo que pienso todo el tiempo. Se trata de elegir cuales cosas yo quiero seguir pensando o no. Puedo ver miles de senderos diferentes todo el día, pero no tengo que seguirlos todos. No todas son historias que necesitan ser dichas. No todas encierran sabiduría.

La mayoría de ellas no.

Los pensamientos que tienen mayor impacto, los que construyen algo. Todos ellos los conozco. Pero ellos esperan. Permanecen latentes esperando el momento en el que los demás pensamientos estén quietos, seguro ya me han asustado lo suficiente. Insignificantemente suficiente. Me han llenado de duda e ira. Infectándome lo suficiente para salpicar las raíces y poseer el árbol completo. Impidiéndome crecer. Cambiar. Estancándome. No creo que esos pensamientos tengan malas intenciones. Ellos duelen. Son íntimos de mis fragilidades y quieren asegurarse de que yo no esté cómoda cerca de los bordes. Si siempre mantengo la expectativa de que todo dolerá entonces no habrá sorpresas. La aguja que observo cerca de mi piel siempre dolerá menos que aquella que toque por accidente. Ellos saben que sé, entonces pueden tomar un descanso. Y yo recobro fuerzas. Mantendré mi corazón cerrado y mis ojos bien abiertos en su ausencia.

Ahí es cuando puedo escuchar los otros pensamientos. Los útiles. Los que valen la pena. Los pensamientos que explican de dónde vienen los otros. Esos pensamientos tímidos con la voz de mi joven yo. De mi yo que aún no ha sido superado con la idea de que las cosas son como son. Siempre han sido. Siempre serán. Esos minúsculos pensamientos. La peligrosa pelea para ganar suficiente volumen. Ellos quieren que los escuche sobre todos los demás. Ellos quieren enredarme en la cinta de la esperanza, aún adherida a las fibras de mi corazón. Pensamientos que intentan decirme que tal vés, sólo tal vés yo estoy equivocada.

Hay bondad oculta en alguna parte de mí y no tengo que escuchar a lo largo del día las narraciones de mis pensamientos que me digan lo contrario. No tengo que creer que está escrito sobre piedra la idea de que estoy rota. Irreparable. Que mi valor está fragmentado.

No soy un ser humano chatarra. Esos pensamientos quieren que sea consciente de eso. Les quiero creer.

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