Abriéndome al amor

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Regreso a lugares que recuerdo. Tratando de acurrucarme de nuevo en los espacios entre los troncos de los árboles con los que crecí, pero ya no encajo. El musgo, las raíces se han apoderado de todo, justo como los Baobabs de los que me advirtió el Principito años atrás. Ese lugar no es el que alguna vez frecuenté. Ese espacio ya no existe más.

Confort, seguridad y memoria. Un reflejo de algo que quería, pero nunca tuve. Una promesa rota. No hecha por la persona que pudo cumplirla, pero si por la persona necesitada. La gente no se convierte en otras personas por imaginar una chispa de esperanza. Lo que se ve es lo que se obtiene entonces, debo asegurarme de estar poniendo atención.

Las cicatrices en mi piel me recuerdan que casi terminé en una morgue hace un año. Me dicen que soy fuego que se puede extinguir. Personas cercanas a mí me comparten que jamás me habían visto tan feliz como lo estoy ahora. Me dicen que lo merezco. Que me lo he ganado. Me dicen que lo valgo. Me dicen, “Esto es como la meditación. Tienes que dejar fluir tus sentimientos, justo como a los pensamientos.”

Inhalando bruscamente me doy cuenta que he estado con un pie dentro y un pie fuera. Medio esperando una reconciliación con una Shareny que sólo vive en mi imaginación. La que yo pienso que soy, pero de hecho nunca he conocido. Con pasión. Con emoción. Una relación sin complejos. Con atributos que no reconozco por miedos e inseguridades que me llevan a pensar que no existen en absoluto. Que no soy el tipo de persona que merece algo. Un desperdicio de vida.

Pero al diablo con eso.

La semana pasada me quebré al llegar a casa. Después de el trabajo. Me acosté con mi perro en el patio. Lo envolví en mis brazos a pesar de que estaba tan caliente. Nos mantuvimos juntos como una madre y un niño pequeño. Se frotó en mis piernas y me hizo sentir perfecta, apesar de que estaba a punto de llorar y le decía que estaba rota. Me demostró su confianza al quedarse dormido en mis brazos, sin miedo de lo que pudiera venir. Y le creí. Mi respiración se fue alentando hasta relajarme. Descubrió la parte de mí que podía ser consolada. Eso es abrirse a ser amada y amar sin miedo. Me sentí lista para empezar a hacerlo conmigo y con otro ser humano.

Entonces cuando entré a casa con mis papás por mi cena, no me dirigí directo a la cocina sin mirarlos siquiera. Me senté en la sala y les dije que me sentí mal, que tenía miedo de que me despidieran y me dijeran que no tenía talento para escribir en ese periódico. Que no era lo que estaban buscando, a pesar de haber recibido buenas críticas por parte de mi jefa. En lugar de encerrarme en mi cuarto. Para acurrucarme en mi cama y dejar que esos pensamientos pudrieran poco a poco cada rincón de esperanza en mí. Perpetuar la idea que me grita que soy un desperdicio de vida y aliento. Dejé que los brazos de mis padres abrazaran la parte de mí que podía ser consolada y sus palabras “Te amamos. Confía en ti como nosotros en ti” me llenaron de voluntad para seguir adelante.

1 Comment

  1. Quién en este tránsito por la vida no ha sentido ese miedo taladrante, gracias por plasmarlo tan magistralmente, confieso que no pude contener el llanto por sentirlo tan profundo, gracias, gracias…

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