Amor Podrido

El terror de mis relatos proviene de la densa oscuridad de mi corazón: Edgar Allan Poe

Me gustaba hacerte el amor en nuestro ataúd. Me gustaba revolcarme en las larvas de tu cuerpo descompuesto, muerte sobre muerte, cuando nuestra esencia se revolvía entre los eones de miseria y frio. ¿Qué estaba más putrefacto? Nuestra vergüenza o nuestros inamovibles cadáveres?
Nuestras vergüenzas sin duda. No había pena ni remordimiento, solo el eterno abrazo de cuando la muerte nos sorprendió en el segundo previo de nuestros decesos. Lágrimas de aquellos que nos vieron con las mejillas sonrojadas, llorando por el recuerdo de lo que dejamos atrás, la vida. Llenando de larvas e insectos nuestros falsamente acojinados descansos. Mientras el rojo torrente caía sobre nuestra última cama, mientras los gatos entraban en celo,  y los pichones de los cuervos clamaban por alimento. Pero hoy ya existe el dolor. Te comeré en el último aliento de mi patético cuerpo, sobre tus huesos dejaré mi fría y pálida carne. Me hundiré suavemente sobre tus huesos y te dejaré partir, la luna será la testigo de nuestro homicidio. Me deslizaré por esas eternas ojeras, alimentando el cansancio con desvelos de los sueños húmedos que no te permitían descansar. ¿Culpable soy? Si. Somos. Ya no me regocijo en las últimas astillas aferradas entre mis costillas, en la última muela, en ese coxis que en vida se arqueaba hacia mis hambrientas caderas. Ya no, porque lo nuestro es un amor podrido. Un viejo cariño.

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