Le amo, pero…

En estos últimos meses han sucedido tantas cosas, que a veces mi cabeza parece girar sin mí o al menos conmigo ausente. Y no, no es algo de lo que pueda declararme fan. No me gusta porque duele. Especialmente me siento como una adolescente que ha dejado de ver a sus padres como super héroes, y ahora los visualiza como seres con inmensos defectos, de los cuales hay una que me afecta especialmente: su sobreprotección.

Sé que han pasado cosas que encendieron una dinámica enferma entre nosotros, porque ningún padre se recupera tan fácilmente del intento del suicidio de un hijo, o en este caso, de una hija.

Quiero hablar de mí y de mi relación con ellos, especialmente con mi padre, no de ellos con mi hermana, ella tendrá su propia historia.

Honestamente me parte el corazón pensar en darle voz a todo lo que se encuentra encendido en mi corazón en estos momentos, especialmente porque lo amo tanto, pero hay tantas cosas que no me gustan, me muero de miedo y de culpa al estar escribiendo cada palabra. Desde que salí del hospital tras mi primer intento de suicidio, mi padre ha sido extremadamente sobreprotector.

Pero esto no fue un problema sino hasta que comencé a sentirme un poco más fuerte para afrontar con las consecuencias del atentado hacia mi vida, porque por ejemplo nunca podía salir tarde, dormir en la casa de mis amigos, ir a una fiesta, ni siquiera ver una película después de las 11:00 pm, sin que estuviera sobre mí todo el tiempo, llamándome, o llegando sorpresivamente a donde estuviera. La alarma seguía estando encendida, aunque yo ya no estuviera en peligro y esto me hizo una cómplice de la dinámica, porque aunque me duela aceptarlo, yo alimenté ese círculo.

Volviendo hacia atrás, y observando las cosas que me llevaron a intentar suicidarme, es inevitable recordar las circunstancias y las personas que (aunque no culpo, influyeron directamente en mi decisión).

Para empezar, yo era una joven que carecía de un amor propio y vivía en un estado de inseguridad permanente, que si bien en un principio fue por la falta de una seguridad emocional brindada por crecer en un hogar alcohólico, cuando llegó el momento de convertirme en una adulta, honestamente no hice mucho por serlo, siendo irresponsable por mi propia vida y mi propia salud. Entonces, llegado el momento de conocer a quien fuera la primera pareja seria de mi vida, no podía esperar que la relación fuera madura, debido a que yo no lo era para nada.

Era una niña asustada, voluble, poco amada por mi misma y con poco autoestima, encerrada en el cuerpo de una mujer de 23 años.

Mis padres generalmente no dejan que la gente con la que yo salgo, entre a sus vidas facilmente, pero a él lo dejaron entrar, no por él, sino por mí. Desafortunadamente, esa relación se covirtió en una condena.

Fue una persona extremadamente abusiva. Financiera y emocionalmente nunca estuvo ahí para mí.

Estuvimos viviendo juntos por más de 10 meses, hasta que finalmente un día no pude más e ingerí pastillas con la intención de morirme, afortunadamente sin éxito.

Aunque no fue inmediato, después de varios días decidí romper con él y mudarme.

Como una crónica de una ruptura anunciada, mis papás me recibieron de vuelta. Hoy sé que era necesario, ellos eran mi red de apoyo. Me abrieron las puertas de su casa sin muchas preguntas, me salvaron y siempre estaré agradecida, pero hoy, cinco años después, por momentos pareciera que aun estamos en aquellos meses después de la ruptura.

No hay día que no me llamen, e incluso que mi padre toque la puerta de mi casa para ver como estoy o incluso ¡para despertarme! Que infierno. Cabe aclarar que ya no vivo en su misma casa y eso lo hace aun más monstruoso.

A mis 30 años recien cumplidos, compartiendo mi vida con una nueva persona que amo con todo mi corazón, ya es hora de que renegocíe mi relación con mis padres.

Entiendo completamente que ellos quieren lo mejor para mí y no quieren que yo, o incluso ellos mismos se vean perjudicados por otra ruptura. Lo que aún no entienden es que mantenerme dependiente me impide llegar a mi edad adulta. Y me duele saber que parece que sigo cooperando con eso.

Quiero mi independencia. Y se que el paso uno, es decir salirme de su casa, fue un avance, pero aun sigo permitiendo cosas que a estas alturas ya no deberían siquiera considerarse y eso me llena de rabia, porque no he hecho nada para detenerlas.

Me llena de culpa querer muy en el fondo que se alejen un poco de mí, que me dejen respirar, que me dejen caer y levamtarme sola.

Aún soy borderline, y lo seré siempre.

Aún hay ocasiones en las que tengo ganas de hacerme daño y me asaltan los pensamientos suicidas.

Pero eso no quiere decir que sigo corriendo el mismo riesgo.

Ya tengo herramientas para enfrentar mi enfermedad, pero parece que ellos no lo entienden.

Al final del día solo espero que su amor por mí sea lo suficientemente fuerte como para tolerar que me convierta en un adulto.

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