El hombre que odiaba al mundo

Es principalmente en la pudredumbre, en aquella en la que los gusanos brotan de la carne emitiendo el olor fétido con alma de muerte, cuando uno piensa en dar gracias. Suspirando de alivio por tener todo en su lugar, ambas piernas, ambos brazos y el mismo par de ojos que cuando nacimos bañados en la sangre de nuestra propia madre. Antes no, porque el ego de estar vivo nos enciende como llamarada hasta consumirnos por completo. Es principalmente cuando el calambre del último aliento de la vida se desprende de nuestro cuerpo, cuando pensamos en dar gracias. Antes no. Pareciera un capricho del mismo hombre para vivir en caos, desconsiderando las luces y lamiéndose las héridas, justificandose a través de lo mal que ha vivido. Me ha tomado toda una vida el pensar en esto. Y no es hasta el lecho de mi propia muerte que puedo hablar con franqueza acerca de lo ingrato de mi espíritu. Un espíritu putrefacto, entre las aguas del mar salado de las lágrimas que todos a mi alrededor lloran por mi pronta partida. Junto a mí yacen cerca de mil cuerpos esperando un veredicto. Están cansados. Sin alma. Y si la tienen, está dormida. No hay brillo en sus ojos. Los pies con sumas de huesos retorcidos y amontonados. Rostros amoratados desprendiéndose lentamente a cada paso del olor fecal. ¿Qué será de ellos? ¿Qué será de mí al final? ¿Acaso veremos la luz de un Dios? De ese loco extraño del que todos hablan pero pocos conocen. ¿O es que acaso después no hay más nada?, si así fuese no hay pena, puesto que en esta tierra lo he visto todo, inclusive al infierno encarnado en las pieles de todos los hombres. Justo a mí lado hay uno, que en su ponzoña agudiza la cacería de más almas. En su mirada tiene el tridente y en sus colmillos la grata sonrisa. Está cerca, la siento, viene por mí. La muerte. Muerte de todos. Me alcanzará en el sofá, mientras escribo mi última carta. Debí hacerla con sangre para que así, por lo menos al morir, sacrifique mi propia esencia. Yo no sé porqué he sido tan maldito con la gente que me ha amado, quizá porque no puedo sentir lo mismo. El mundo es extraño. Dicen que estaba loco. Poseído me dijeron algunos. Como si eso los rescatara de su propia condena. Y quizá lo esté. Hoy, mientras estoy bajo lámparas tumbas de mosquitos que me recuerdan mi destino, ya no importa. Porque este día más que nunca, veo que la muerte persigue a la vida como único propósito. Hay ejemplos por doquier. Las flores cortadas que vinieron a entregarme y yacen en un limbo peor que el mío. En cada maldito sol que en las noches me abandona. Con cada mujer cuyo amor estrangulé hasta el último aliento. ¿Por qué hoy pienso en todo esto? Yo que no tengo por decir más nada. Miles de cuerpos crecen en mis orillas, cuerpos de criaturas que un día fueron personas. Yo mismo los destruí en cada acto patético que acompañé con el silencio como un galón de gasolina y diez cerillos. Que idiota he sido, pensar en salirme con la la mía y morir tranquilo. Y ni hablar de la más profunda de mis penas. Mi corazón se hiela al pensar en ti amor mío, y digo mío porque tú lo diste todo por mí. Terco yo al intentar encontrarte en el resto del mundo. Te fuiste y nunca volví a ser el mismo. Veme hoy bebiéndome mi última copa de vino, pensando en lo inmundo que he sido con todas tus patéticas sustitutas tiradas en mis orillas. ¿Fuiste acaso el primer cádaver que selló mi destino?

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