Lo sé de cierto

Algunos dicen que el estima propio debe cosecharse antes que el ajeno. Permanecer amante, amoroso. Aceptando siempre quienes somos, llevándo nuestra amistad en bolsillo propio. A mis treinta años lo sé de cierto. Ese cariño es la paz permanente, enemigo de
la agonía, ausentando la muerte. Pero si se le malentiende la paz también puede ser la peor cosa, un gusano en la manzana, la cárcel del ego, el suicidio de la evolución. A mis treinta años lo sé de cierto. Es caminar sordo ante los murmullos de una vida maravillosa que te estruja, te grita y te azota para corregir el camino. ¡Qué curioso es esto de estar vivo! Dijo alguien más de una vez. La vereda del hombre no debe ser lisa como la piel que de quien la habita, aunque es lo que muchos esperan, pretendiendo lo imposible. Truco sucio. Pero así es la cosa. Al menos para mí. Cuando todo parece ir bien, en aquellos minutos en los que el universo conspira para así conquistar mis sueños a lo largo de las horas y los días, recostada en mi cama no puedo dejar de pensar en los desperdicios de la calma, las inconmensurables posibilidades de crecimiento exiliados a la oscuridad. Mirando hacia el techo, concebidos para no ser dados a la luz. Especialmente en los lunes y a mis treinta años lo se de cierto. Soy una mujer habituada a los malos ratos, tanto que cuando la paz me acoje los hecho de menos. Los hecho de menos en primavera, cuando mueren los cisnes. Aquí lo confieso como si fuse algo vergonzoso. Soy sedienta de su sabor, cual tarro helado de cerveza un viernes por la tarde. A mis treinta años lo se de cierto. Que los ríos en calma no son todo quebrantos de tiempo porque una buena paz incitan a mis pies para tocar el fondo. Me permiten sacudir mi cuerpo

y disfrutarlo por el simple hecho de estar vivo. Latente. Un dia en calma puede hacerme casi cualquier cosa, sabe cuando detenerme y hacerme volar. Rendirme al perfume de las flores entre los jardines de mis vecinos. No sentir cansancio después de una mala noche. Besar a mi lobo mientras fuma un cigarillo. Todo porque la paz es el espacio entre espacios. El instante para claudicarse por amor. El segundo que se viste atemporal para considerar lo que jamás se posó por mi cabeza, porque aunque la lucha puede ser agotadora otras tantas es interesante y sabia. Hnchada de oportunidades engendradas para fecundar la arcilla de mi figura, que a mis treinta años se halla reposando bajo la sombra, pero dispuesta.

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