Carta a una familia

Querida familia, vengo a hablarles de un hombre y su legado, no importa su nombre, ni sus ojos, ni sus manos y cara, sino sus acciones. El hombre del que voy a hablar es un caballero que, con hechos maquiavélicos, marcó su propia historia, la de sus hijos, la de su esposa, la de sus nietos y tal ves la de sus bisnietos. Un hombre que luchó siempre por sus propios intereses. Aunque nunca lo conocí, si conozco su herencia. Estoy hablando de mi abuelo. El que debió ser padre de mi madre y sus hermanos, pero que en su lugar, optó por ser un monstruo que aterrorizó y abandonó a su familia. Querido desconocido, da gracias porque no te tengo en frente, porque te golpearía hasta la muerte. O quizás no. Tal vez estoy escribiendo desde la rabia que me da, que le hayas heredado a mi familia tanto dolor. Mi familia prevalece sostenida en el silencio y las mentiras que aprendieron de ti. Te odio, y con eso me odio a mi misma, porque tal ves debería perdonarte, pero no puedo. Querida familia, abusador sexual es el mejor adjetivo que le quedan a tipos como él, y seguramente más. Desde mi vida, a mis 31 años afirmo, que me da asco ser su nieta. No me importa que sea mi sangre. ¿Está vivo? ¿Está muerto? ¿Tuvo tiempo de arrepentirse de todo lo que hizo? Quizá son preguntas que jamás tendrán respuesta. Y eso me encaja aún más el odio que le tengo. ¿Pero saben que es lo más triste de este querido desconocido? Que a pesar de su ausencia, su legado está presente. Apesta, crece y prevalece como los baobabs de los que nos advirtió el Principito en sus aventuras. Su legado continúa arraigándose en nuestra familia, en esta familia, en la familia que ni yo, ni las demás víctimas de su perversidad, pidieron nacer. A riesgo de convertirme en una paria, quiero denunciarlo, porque es responsable. Si fue una víctima en su momento de alguien más, eso nadie lo sabrá, así como tampoco, eso lo justifica. Me duelen más las  historias de hijos y nietos suyos, que ya no están. Seguramente en dónde quiera que esté, la carcajada a pulmón abierto es su pasatiempo, ¡Cabrón!, a pesar de ser un desconocido, se aseguró de que nadie lo olvidara. De qué muchos lo rencarnaran diariamente, replicando -muchas veces inconscientemente- los silencios y secretos que en su momento, les impuso a sus hijos -mis tíos- cuando eran niños, cuando eran frágiles y tenían miedo, cuando lo necesitaban. Ojalá en dónde esté, los gusanos se lo estén comiendo y vomitando en un infierno infinito. ¿Saben algo, querida familia? Estoy harta, harta de callar, de mirar hacia otro lado, harta de encubrir a abusadores y proteger a golpeadores. Harta de sentirme menos digna porque soy mujer. Harta de no respetar la voluntad de los que ya se fueron. Harta de ver cómo muchos de nuestros hombres continúan siendo privilegiados por el simple hecho de tener un pedazo de carne colgando entre las piernas. ¿Pero qué demonios nos pasa? Nos encubrimos bajo la premisa de que el dolor es personal, de que el perdón ya llegó y no hay porqué mirar al pasado. Por respeto a las personas que se abrieron conmigo, no voy a hablar de sus experiencias, pero vaya que me encantaría que se levantaran orgullosas, alzando la voz para dignificar su propia historia. Pero no es parte de mi tarea. En cambio haré lo propio con la mía. Familia, si al leer esto, no quieren volver a hablarme, lo entenderé. Pueden hacer con esta carta lo que quieran, pueden guardarla para volver a leerla después. Tirarla, quemarla, defenderla o ignorarla. Al final no la escribo para ustedes. La escribo para mí, por mi y por aquellos que quieren hablar y no pueden, o quisieron hablar en su momento pero no lo hicieron y ya es muy tarde. Es por todos los que estamos y los que vendrán. Ya basta de secretos que nos orillan a compartir mesas con nuestros abusadores, ya basta de servirles el plato a los hombres por imposición, ya basta de mantener a los que alguna vez agredieron nuestra dignidad, ya basta de defender lo indefendible. Hace unos días se rompió el silencio en mí, y con ello se despertó el dolor que permanecía dormido en mis olvidos. Lo escribí porque no quería volver a olvidar. Aunque no recuerdo todo lo que pasó, si recuerdo las manos de este tipo bajo mi vestido cuando era solo una niña de cuatro años, para después decirme que “Nadie me iba a creer, porque estaba sola”. Si recuerdo a un primo mayor que yo, obligándome a tocarlo habiendo más gente en ese cuarto, en esa cama. Recuerdo el miedo y recuerdo el asco. Recuerdo la culpa que vino tras mi silencio. Y hoy vivo las consecuencias del mismo. El día de hoy los veo a ambos, aunque afortunadamente menos. Veo a mis tíos, a mis primas y a conocidos saludarles con una sonrisa en el rostro, preguntando amablemente “¿Cómo estás? Exclamarles al final ¡Que gusto verte! Para cerrar el encuentro con un abrazo, el abrazo que cada una de sus víctimas necesitaron años atrás. Ellos dos no son los únicos abusadores. Apenas me enteré. Así como me enteré que yo tampoco fui la única víctima de abuso. ¡Pero qué bonita familia! Que hermosos secretos tan brillantes que adornan hoy mi árbol de Navidad. ¿Qué piensan todas las víctimas que decidieron perdonar? ¿ Que intenciones hay detrás de aquellos que jamás lo olvidaron y que aún así optaron perdonar a sus abusadores porque ya están muertos? ¡Cómo si estarlo detuviera el infierno!. ¡Pero si mi abuelo está muerto por Dios! Y aún así, su legado de lujuria insana sobrevive. ¿Qué les hace creer que con los abusadores bajo tierra el terror finalizará? ¿Que les hace pensar que los más pequeños están a salvo? ¿Que es necesario para que esto pare? ¿Entregar los nombres al público y que ellos decidan su destino? Alguien me dijo “un niño abusado, se vuelve un abusador”. Mentira. Yo lo fui y jamás he tocado a un niño en mi vida, ¿por qué querría hacerle a alguien lo que tanto daño me hizo a mi? ¡Cuántos secretos y cuánto dolor! Tan dañados estamos que preferimos dejarlo atrás y continuar como si nada hubiera pasado, saludando, abrazando, sonriendo, brindando. Gracias pero no gracias. Yo no quiero eso para mi familia, la familia que estoy formando. Yo quiero algo diferente, Quiero estar ahí para proteger a mi hijo. Para escucharlo, creerle y defenderlo. Quiero estar ahí para inspirar le la confianza necesaria para que sepa que estoy para él. Quiero enseñarle los límites de su intimidad y no a base del miedo. Quiero dejar de normalizar la violencia, porque al final, eso es lo que son los abusos. Quiero dejar de revictimizarme al tener que volver a lidiar con mi abusador. Quiero decirle “No me toques. No me hables” sin convertirme yo en la loca, en la puta o la mala. Quiero darle la dignidad a mi cuerpo y a mi vida. Quiero abrazar a esa niña de cuatro años y decirle “No fue tu culpa”. Quiero que deje de llorar y le dejé de doler. Quiero levantarla de esos cuartos, de esas camas y resignificar su historia. Quiero hacer justicia por esa niña y las demás que en casa de nuestros familiares fuimos abusadas. Nuestro yo adulto es otra cosa. Es otra responsabilidad.

Picture by Berta Vicente

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