Marea de sombras

Cuando estoy en el mar me vuelvo náufraga.

Pierdo el camino y la voluntad de volver a tierra firme.

Bocanadas de agua saturan mi garganta.

Cuando estoy en el mar las corrientes me roban, me arrastran.

Pierdo de vista la seguridad del suelo.

Mientras más me resisto más me dreno de energía, de paz.

En ramo de nervios, de ansiedades y temores me convierto.

Enredándome entre algas que me succionan al fondo donde reposan aquellos viejos conocidos que intentan seducirme con sus mentiras.

“Nada está bien”, “muy pronto estarás sola”, “nadie te entiende”, “todos se irán”, “nada ha cambiado”, “eres fragil y estás por romperte”.

Los odio.

¿Cómo es possible estar nuevamente en este lugar?

Lo conozco bien,

Ya he estado aquí.

Mientras tanto me digo “respira”,

“Alza la cabeza”,

“No pelees”,

“Aligera tu cuerpo”,

“Volverás a la orilla”.

Basta sentir la marea,

Dejarse llevar por ella,

Porque así como viene, se va.

Estoy aterrada.

¿Cómo saber que estaré bien?

Este temor es urgente aunque hay salvavidas, los veo, me ven.

Pero no quiero su ayuda.

Debo hacerlo sola.

Ablandar mis músculos.

Aligerar los huesos.

Calmar mi respiración.

Cerrar los ojos y sentir el sol.

No moriré,

He estado antes aquí, más profundo.

Si me ven por favor no me den nada, no me lanzen nada.

Prefiero al viento, al aire.

Desde mi cuello lo abrazaré y me quedaré en silencio.

En complete silencio para sentir la piel de las sombras, las sombras que me han traído hasta aquí.

No son amables, me están lastimando,

Amenazando con viejas heridas.

Burlonas encajan sus garras en mis hombros, quieren hundirme.

Son la vida que me acosa, la muerte que resisto.

Heme aquí, sola, sintiendo, flotando.

¿Todo para qué?

Creí haber dejado esto atrás.

Por ahora en mi mente, un teléfono, una silla y él.

Ninguna estrella, su cuarto, una ventana.

La tarde como siempre, y yo sin hambre, con un café y una esperanza.

Recuerdo que mi corazón hacía días quería hincharse bajo alguna caricia, una palabra de él y sucedió.

No sin antes yo haberme acorralado contra los muros, acosada por la lenta sombra que hoy me arrasa.

Una sombra que aunque no tiene nombre, recuerdo que no la olvido.

Ha tenido muchas formas, como un skinwalker.

Recurremtemente se presenta ante mí, en mi mente.

Hoy tiene los ojos dulces, cabello largo y rubio.

De cuerpo ejercitado y femenino,

Decidió bautizarse de Ana.

Una Ana que aunque no conozco, llegó sin avisar, trayendo consigo un regalo.

De pupila a pupila veo un corazón.

Hay un corazón.

El corazón del hombre al que amamos, un hombre que es mi presente, que es su pasado.

No quisiera que ella estuviera aquí.

Pero posó su sombra en mí, su eco en mis oídos, su rastro en mi mirada, su memoria en la presencia de su ausencia.

Es libre, desde hace meses se sintió libre de volver en forma de mensajes.

No la quiero muerta, la quiero lejos.

Él me dice que lo está, al menos de su corazón.

Y le creo.

Más no mi miedo a perderlo.

Gotas de luz llenan mis ojos al recordar ese dia que vi los mensajes.

En parte fue culpa mia por ser curiosa y ahora me arrepiento.

Soy un cuerpo de hojas y alas, alas que quieren volar de este océano que por el momento me ahoga.

¿Por qué tengo miedo si él me ama?

¿Por qué pienso en ella, si ya no está?

Quiero tomar su sombra y hundirla en el agua.

Tomar las piedras sobre mis hombros

Y ponerlas en sus bolsillos.

No por Ana, sino por su esencia que son mis temores e inseguridades.

Odio sentirme frágil.

Ver mi corazón flotando enredado y dolido.

¿Qué necesito para volver a tierra firme, a tierra segura?

A mi sitio de amor.

Amor propio, amor compartido.

Qué hacer para volver a la orilla independientemente de todo eso que él hace y no hace a veces.

Debo dejar de esperar.

Cuando me quedo sola, por todas partes, por él y por mí, debo dejar de esperar.

Esperar todo el dia, cansada de sentir sin saber que sentir.

Lo esencial es el amor.

Amor todos los dias.

Desde mi centro, a mi lado, junto a mi, hasta que él no me haga falta y pueda salir por mi cuenta de este oceano, empezar de nuevo.

Él y yo.

Jugando en la orilla a coger el agua, a tatuar la vida.

Papá dice

Papá dice que es major hablar que callar cuando el corazón sufre.

Que es más sensato pelear por nuestros sentimientos que esconderlos bajo los sesos.

Que no es egoista anhelar el bien personal, querer ser felices.

Que la memoria de los hombres es una condena si no se le escucha, si no se le aprende.

Que no está mal callar si nuestras palabras no serán dulces.

Que algunas veces es preferable esperar un poco para condenser nuestros pensamientosy hablar con el corazon en la mano que gritar y luego arrepentirse.

Papá dice que no hay nada peor que olvidarse de quién eres y de dónde vienes.

Más no lo es tanto sentirse extraviado, ya que siempre se puede corregir el camino.

Lo recuerdo hablando, sus ojos avispados, y sus cejas.

Su piel de sal.

Lo recuerdo sentado en su bocho.

Lo recuerdo junto a mi madre, conversando.

Exaltado y calmo, riendo y llorando.

Soy él, mi madre y mi hermana.

Mi novio y en los sitios en los que he estado.

Carne, flores, memorias,

Agujas, espinas, gritos y risas.

A veces lo olvido, todo, menos las palabras de mi padre.

A quien camino emprende mi corazón asustado, para beber agua de la sabiduría que en él reposa.

Amo a mi padre.

Como una estrella a la luna, más no solo por la inmortalidad del presagio desde mi nacimiento.

Lo amo con sus más de sesenta años,

En la hora precisa.

En el arrepentimiento y el perdón.

Me aflije pensar que mamá y papá un día estarán bajo tierra,

Más no Muertos.

Nunca.

Papá dice que es major dejar llegar a tú rostro besos antes que arrugas,

Y darlos, ¡que major!

Papá dice que es preferible amar y amar mucho, a construer un muro y no volverlo a hacer.

Que es major ser juzgada de puta, a ser enterrada de blanco por no haber conocido caricia tibia, por haber sido conducida a la morada de los impíos.

Al final nuestros actos van a ser los olvidados de todos,
y eso querido padre lo aprendi de ti.

No hay cortina para mirar al mundo,

Es así.

Y por eso vamos a guardar este día sin lluvia como aquel en el que te confieso lo que soy de ti.

Aprendí a amar de ti.

Aprendí a odiar de ti.

A perdonar.

A detenerme y respirar.

A arder.

A ser humedad, arrullo.

Cada célula te recuerda, te llama conmigo.

Eres la sombra en el agua, mi cariño encajado desde niña.

Dulce y amargo que eres, que has sido.

Amargo desde el vino reposado en tus mares.

Dulce desde la voz que trepa por tu garganta.

Amargo en las palabras que murieron antes de salir, pero dulce en el centro.

Padre amado padre, hoy te comparto lo que soy y siento por ti.
Floreciendo con tus besos
sobre mis mejillas alborotadas,
en torno a los versos
escritos y aquellos jamás dichos,
en torno a las intensas enredaderas
nocturnas, perfumadas de ron.
El coraje se amortigua
detrás de la nueva puerta.

Solo te pido una cosa más para nuestro ultimo dia,

dejame la esperanza de no olvidarme de ti, ni de tus palabras.

Lobo

Las manecillas del reloj se detuvieron bajo las manos de mi lobo,
calmas fueron plantando orquideas de caricias sobre mi espalda.
¿Cómo contenerme? Si por dentro he muerto mil veces,
resucitando únicamente en su aliento.

Solo me basta un beso suyo para desprender al tedio encajado,
al tedio envidioso que dia a dia se esfuerza en paralizar mi espíritu,
al tedio que me hace desfallecer
entre el bullicio hijo de puta de la ciudad.

Porque dentro de mi columna yace mi amor por él,
mi anhelo y deseo por él, mi lobo,
aquel que ha dejado de ser estepario y ha comenzado a caminar a mi lado.

Mi lobo querido que de día y noche,
me empuja a descubrir nuevos rincones,
espacios claroscuros del arte del amor que hasta hace poco me aterraban recorrer.

Las manecillas del reloj se detuvieron con él sobre mi espalda,
con él hablandome al oído,
susurrándome epifanías de una vida juntos.

Nos dijimos lo siento
al habernos castigado por heridas anteriores a nuestra historia,
y ahora el mar está en calma.

Lo amo.
Me ama.
¿Qué más me puede faltar?
Lo amo.

Lo dice mi cuerpo,
los hilos de mi sangre alborotada.
Lo dice mi dolor por habernos dañado y mis zapatos.
Mi boca y mi almohada.
Aquella vieja confiable en la que nuestros sueños anidan.

Voy a seguir sus pasos de lobo encendido.
De lobo enamorado.

Voy a seguirlo al fin del mundo.
Enamorada, triste, excitada, asustada y feliz.

Elijo recostarme junto las manceillas detenidas.

Elijo contemplar sus mejillas sobre mis pechos.
Todo por mirarlo y sentirlo a mi lado,
tenerlo, estar.

Elijo perderme en aquella risa por donde se asoma su colmillo blanco.
y la voz que le da ritmo a mi sangre por las mareas de mis ríos
que llegan siempre al pecado,
que llegan siempre al amor,
pero por primera vez al pecado del verdadero amor.

Perdonar y confiar.

Nunca ha sido fácil decir que en mi vida a menudo atravecé períodos de desempleo debido a mis problemas recurrentes debido a la depresión y a mi trastorno límite de personalidad, mucho menos aceptar que en muchas de esas ocaciones contribuí debido a mis acciones de autosabotaje, (pero ese es otro tema que abordaré en otro post próximamente).

A veces, estas épocas desempleadas llegaron a durar desde varias semanas hasta un par de meses. De cualquier manera, mi cuenta bancaria se agotaba y me encuentraba en la misma situación que todos los demás: necesitando dinero desesperadamente. En un principio ni era tan problemático ya que aún vivía en casa de mis padres, quienes amorosamente siempre estuvieron ahí para tenderme su mano y apoyo incondicional. Incluyendo aquél tiempo hace cinco años en el que era maestra de español en una secundaria privada, y en el que comenzó mi camino hacia mi recuperación de una condición que no sabía que tenía, mi TLP.

En mis tiempos de desempleo, recuerdo que había muchas cosas a considerar cuando navegaba en línea a través de los diferentes portales de trabajo para decidir postularme a una vacante: las horas, la carga de trabajo, las vacaciones, los salarios, la ubicación, la cantidad de interacción social, etc.

Cuando era recién egresada de mi licenciatura, en aquellos momentos en los que nadie quería contratarme por mi falta de experiencia el hecho de buscar una opción laboral era realmente abrumador, años después supe que es aún más difícil de hacer cuando tu salud está mermada por una enfermedad mental.

No olvido que la mayoría de las descripciones de puestos o anuncios contenían una lista de responsabilidades y especificaciones con frases como “saludar alegremente a los clientes”, “sonreír” o “buscamos personas con talento”, condicionantes que significaron una pesadilla cuando salí de mi internamiento psiquiátrico después de haber renunciado a mi trabajo de docente, ya que no pensaba en mí misma como una persona con esas cualidades, me era imposible hacer esas cosas, “saludar felizmente a los clientes”, “sonreír”, “trabajar bajo presión” o creer siquiera que tenía talento.

La sola posibilidad de volver a forzarme a estar bien durante ocho horas al día era suficiente para llorar y jurarme que era una inútil e inservible para ejercer un trabajo por más sencillo que éste se describiese en las vacantes.

Las búsquedas de empleo se volvieron con el tiempo cada vez más difíciles y desalentadoras. Me agotaba la poca energía que tenía. Me frustraba tanto conmigo al ver como mi currículum estaba “manchado” por ausentismos debido a mis renuncias motivadas por la depresión.

Yo misma sin saberlo en ese entonces alimenté mi situación con la culpa, llevándome al círculo de la depresión, la autodevaluación y la ansiedad.

Ver todas las cosas que según yo nunca podría ser, fue sumamente perjudicial para mi autoestima, porque mi voz interna me bastaba para empezaba a decirme que no debería molestarme en intentarlo. No era cada descripción de trabajo, el problema era que no me perdonaba, que no aceptaba a mi TLP, ni a mi historia. El enojo y mi poco autovalor me hundía más y más. Porque gracias a ello, no me creía capaz de hacer todas las tareas que leía en los portales y en las empresas.

Estaba en la inevitable espiral: ningún empleador me quería. Mis cualidades, conocimientos y habilidades no eran suficientes. Me decía a mi misma que no valía nada, que nunca conseguiría un trabajo decente.

Hoy sé que todo lo que me hago, todo lo que me digo y lo cruelmente que me juzgo en los periodos de desempleo es un error, una injusticia para mi propia vida: “Si tan solo hubiera hecho un máster. Si tan solo fuera mejor. Si tan solo no estuviera mentalmente enferma. Si tan sólo fuera perfecta”. Me he repetido eso una y otra vez en mi mente tantas veces, que aún hoy me cuesta trabajo no creerle a esas palabras.

A pesar de que logré ya hace tres años entrar a trabajar al Periódico Noticias, donde me ejercí profesionalmente durante los últimos dos años, hasta septiembre del 2018, que por motivos de desarrollo y crecimiento me ví forzada a buscar otras opciones, por primera vez sin encontrarse entre las razones mi salud mental.

Pero eso no me excentó a deprimirme nuevamente, ni a autodevaluarme, es por eso que escribo hoy mis experiencias con las épocas de desempleo, porque no puedo permitirme tirar a la basura todo lo que soy, por unos cuantos meses difíciles.

Afortunadamente hoy 29 de enero del 2019, comencé a trabajar en una empresa global de telecomunicaciones (con la que nunca jamás hubiera soñado) después de haber competido contra 80 personas. Después de todo, después de años, lo logré, y lo mejor es que es el comienzo.

No voy a permitir que mis dudas, ni mis inseguridades que me asaltan como ¿Soy realmente lo suficientemente buena? o ¿Realmente puedo hacer este trabajo?, me quiten lo que yo solita he conquistado, y es que mi historia está llena de algunas veces en las que pasé por alto grandes oportunidades porque no creía que fuera buena como para hacerlo. Incluso si esa oportunidad me hubiera llevado a la carrera de mis sueños, estaba demasiado asustada y no creía que fuera capaz.

Bueno, quizás también tú que me lees hayas perdido algunas oportunidades, es por eso que estoy aquí para decirte que no puedes dejar que tu falta de confianza te obstaculice.

Ya sea que estés buscando un trabajo para ayudar a pagar el alquiler, comiences desde cero en un lugar nuevo o quieras comenzar a perseguir tus sueños, no puedes permitir que ese bully de tu cabeza te detenga.

Todos comenzamos en diferentes lugares para construir nuestras carreras. No hay nada de qué avergonzarse si estás en la parte inferior y avanzas hacia arriba. No hay nada de qué avergonzarse si lo estás intentando por enécima vez. Está bien volver a empezar. Lo valioso es que lo estás intentando, reaprendiendo, trabajando por ser mejor y más saludable.

El dinero es importante y solicitar un nuevo trabajo siempre da miedo. Creeme lo se. Pero ha habido ocasiones en las que probé que mi depresión y mi trastorno estaban equivocados y que yo era más que capaz de realizar mi trabajo y todo terminó bien. Es por eso que me recordaré esto cuando vuelvo a dudar. Puedo hacer esto. Sé que tú también.

Le amo, pero…

En estos últimos meses han sucedido tantas cosas, que a veces mi cabeza parece girar sin mí o al menos conmigo ausente. Y no, no es algo de lo que pueda declararme fan. No me gusta porque duele. Especialmente me siento como una adolescente que ha dejado de ver a sus padres como super héroes, y ahora los visualiza como seres con inmensos defectos, de los cuales hay una que me afecta especialmente: su sobreprotección.

Sé que han pasado cosas que encendieron una dinámica enferma entre nosotros, porque ningún padre se recupera tan fácilmente del intento del suicidio de un hijo, o en este caso, de una hija.

Quiero hablar de mí y de mi relación con ellos, especialmente con mi padre, no de ellos con mi hermana, ella tendrá su propia historia.

Honestamente me parte el corazón pensar en darle voz a todo lo que se encuentra encendido en mi corazón en estos momentos, especialmente porque lo amo tanto, pero hay tantas cosas que no me gustan, me muero de miedo y de culpa al estar escribiendo cada palabra. Desde que salí del hospital tras mi primer intento de suicidio, mi padre ha sido extremadamente sobreprotector.

Pero esto no fue un problema sino hasta que comencé a sentirme un poco más fuerte para afrontar con las consecuencias del atentado hacia mi vida, porque por ejemplo nunca podía salir tarde, dormir en la casa de mis amigos, ir a una fiesta, ni siquiera ver una película después de las 11:00 pm, sin que estuviera sobre mí todo el tiempo, llamándome, o llegando sorpresivamente a donde estuviera. La alarma seguía estando encendida, aunque yo ya no estuviera en peligro y esto me hizo una cómplice de la dinámica, porque aunque me duela aceptarlo, yo alimenté ese círculo.

Volviendo hacia atrás, y observando las cosas que me llevaron a intentar suicidarme, es inevitable recordar las circunstancias y las personas que (aunque no culpo, influyeron directamente en mi decisión).

Para empezar, yo era una joven que carecía de un amor propio y vivía en un estado de inseguridad permanente, que si bien en un principio fue por la falta de una seguridad emocional brindada por crecer en un hogar alcohólico, cuando llegó el momento de convertirme en una adulta, honestamente no hice mucho por serlo, siendo irresponsable por mi propia vida y mi propia salud. Entonces, llegado el momento de conocer a quien fuera la primera pareja seria de mi vida, no podía esperar que la relación fuera madura, debido a que yo no lo era para nada.

Era una niña asustada, voluble, poco amada por mi misma y con poco autoestima, encerrada en el cuerpo de una mujer de 23 años.

Mis padres generalmente no dejan que la gente con la que yo salgo, entre a sus vidas facilmente, pero a él lo dejaron entrar, no por él, sino por mí. Desafortunadamente, esa relación se covirtió en una condena.

Fue una persona extremadamente abusiva. Financiera y emocionalmente nunca estuvo ahí para mí.

Estuvimos viviendo juntos por más de 10 meses, hasta que finalmente un día no pude más e ingerí pastillas con la intención de morirme, afortunadamente sin éxito.

Aunque no fue inmediato, después de varios días decidí romper con él y mudarme.

Como una crónica de una ruptura anunciada, mis papás me recibieron de vuelta. Hoy sé que era necesario, ellos eran mi red de apoyo. Me abrieron las puertas de su casa sin muchas preguntas, me salvaron y siempre estaré agradecida, pero hoy, cinco años después, por momentos pareciera que aun estamos en aquellos meses después de la ruptura.

No hay día que no me llamen, e incluso que mi padre toque la puerta de mi casa para ver como estoy o incluso ¡para despertarme! Que infierno. Cabe aclarar que ya no vivo en su misma casa y eso lo hace aun más monstruoso.

A mis 30 años recien cumplidos, compartiendo mi vida con una nueva persona que amo con todo mi corazón, ya es hora de que renegocíe mi relación con mis padres.

Entiendo completamente que ellos quieren lo mejor para mí y no quieren que yo, o incluso ellos mismos se vean perjudicados por otra ruptura. Lo que aún no entienden es que mantenerme dependiente me impide llegar a mi edad adulta. Y me duele saber que parece que sigo cooperando con eso.

Quiero mi independencia. Y se que el paso uno, es decir salirme de su casa, fue un avance, pero aun sigo permitiendo cosas que a estas alturas ya no deberían siquiera considerarse y eso me llena de rabia, porque no he hecho nada para detenerlas.

Me llena de culpa querer muy en el fondo que se alejen un poco de mí, que me dejen respirar, que me dejen caer y levamtarme sola.

Aún soy borderline, y lo seré siempre.

Aún hay ocasiones en las que tengo ganas de hacerme daño y me asaltan los pensamientos suicidas.

Pero eso no quiere decir que sigo corriendo el mismo riesgo.

Ya tengo herramientas para enfrentar mi enfermedad, pero parece que ellos no lo entienden.

Al final del día solo espero que su amor por mí sea lo suficientemente fuerte como para tolerar que me convierta en un adulto.

Los sí y los no.

-“¿Qué te pasó?”
-“¿Qué hiciste?”
-“¿No te sientes incómoda al ver cómo la gente mira tus cicatrices?”
Todos estos comentarios han sido pronunciados por amigos, familiares y extraños en referencia a las diferentes cicatrices que cubren mis brazos y muñecas, aunque no sólo eso, ya que muchos únicamente se han limitado a lanzarme miradas fijas a los distintos cortes, mientras hablamos de temas completamente ajenos a mi experiencia con las autolesiones. Aunque no recuerdo la primera vez que lastimé mi cuerpo de diferentes formas, incluyendo tirar de mi cabello con fuerza, o golpear la pared con el puño cerrado, no olvido la primera vez que pasé una navaja sobre mi piel. Tenía 25 años, y rápidamente aprendí que lo mejor para evitar que mis padres me descubrieran era cubrir mis brazos usando siempre prendas de manga larga, sin importar el clima o la estación del año en la que me encontrara. Ahora, tres años después, he dejado de cubrir mis cicatrices, las cuales sobresalen de mi piel principalmente en mi brazo izquierdo a pesar de los tatuajes. Ya no siento vergüenza cuando un extraño comenta. Entiendo que me lesioné durante mucho tiempo porque estoy enferma de la misma manera que una persona con diabetes o leucemia está enferma. Mi cerebro está marcado por un desorden epiléptico en el lóbulo temporal que genera un desorden en el control de mis emociones, además del trastorno límite de personalidad y la autolesión era un síntoma de esos desórdenes; un síntoma que ha ido mejorando con el tratamiento a pesar de que su historia ha quedado mapeada en ambas extremidades. Pero algo que la gente no ha entendido es que no pido atención cada que me ven usando una prenda sin mangas; tampoco quiero responder preguntas intrusivas sobre mi vida o tolerar la curiosidad de extraños. No es necesario anunciar su reacción a las cicatrices de autolesión de cualquier persona más de lo que deben anunciar el desagrado del corte de pelo de un compañero de trabajo. Es por eso que si conocen a alguien con cicatrices y se preguntan “¿qué demonios debo decir o hacer?”, revísense primero. ¿Están incómodos? ¿Curiosos? ¿Horrorizados? ¿Por qué? Esos son sus pensamientos y emociones, no los de la otra persona. Enfóquense en eso y mantengan la boca cerrada. Porque incluso decirle a las personas que son “bellas”, “valientes” o “inspiradoras” a causa de sus cicatrices no es apropiado. Por favor piensen en cómo podrían tratar a alguien en una silla de ruedas: algunas personas con diferencias visibles en sus cuerpos pueden encontrar que esas palabras son positivas, pero a mí y a muchos otros no les gusta que nuestra diferencia sea arrastrada al romanticismo de nuestra condición, a menos que… Alguien que conoces tenga cortes recientes, ya que es comprensible que se preocupen, especialmente cuando la persona es alguien por quien se sienten responsables, un niño al que cuida, un estudiante, una sobrina, sobrino, hijo, etc. y aun así, se debe hacer en privado, para hacerles que están preocupados por su seguridad, brindándoles la oportunidad de confiar en el acercamiento. Si la persona es menor de edad, se debe hacerles saber que deberán informarle a un adulto responsable de su vida, como el padre o el consejero escolar, no sin antes darles la oportunidad de contarle a un adulto por su cuenta. En cambio si la persona con lesiones recientes es un adulto, hay que preguntarle delicadamente y en privado, sólo para asegurarse de que están seguros. No hay que olvidar las reglas de oro que son: No Juzgar. No Castigar y No Exaltarse.
También existe la excepción cuando la persona con cicatrices es alguien a quien se le conoce bien o se le ama, sintiendo curiosidad por su experiencia de vida. Antes de hacer cualquier pregunta, hay que cerciorarse de estar abierto para escuchar acerca de su experiencia, ya que lo que escuchará realmente podría entristecerlos, impresionarlos o confundirlos. Tengan en cuenta que la autolesión puede ser un tema muy delicado e incluso alguien que está abierto a otros aspectos de su vida puede no querer hablar de ello. Hay que preguntar a la persona acerca de sus cicatrices individualmente, no una comida familiar o reunión con los amigos. Hay que expresar las dudas de tal manera que quede claro que se desea respetar los límites que ponga la persona. Un ejemplo: “Me he dado cuenta de que tienes algunas cicatrices, y tengo curiosidad acerca de tu historia. Si no quieres hablar de eso, está bien, pero si lo haces, me gustaría escucharlo”. No hay que olvidar que las cicatrices no cuentan historias por sí solas, ellas son huellas en personas y existen por miles de razones diferentes. Le corresponde a las personas decidir si contar o no esas, así como el cuándo, el cómo y a quién.

Quiero un amor.

Libre. Un amor que me recuerde al mío propio. Colmado de perdón y libre de reproches. Un amor que me ofrezca aceptación y cobijo. Que me tome de la mano y comparta mis silencios. No quiero algo que resane huecos ni barnice ausencias. Lo quiero hoy. En esta plaza. Conmigo. Un amor espiritual y expresivo. Que sea espléndido. No mísero que me de lo que le sobra. Que se comparta y sepa quererse. Estoy lista para un amor flexible y autónomo. Un amor que al mirarse al espejo se inunde del regocijo de estar vivo, empapándose de los defectos de su cuerpo como un arquetipo de autenticidad. Un amor que viva bajo el agradecimiento y no entre los mantos del ego enfermo. Un amor humilde de corazón que sea y no parezca. Que viva y no aparente. Que sienta, ame y respete. No debe ser dificil de encontrar, solo hace falta creer que lo merezco. Porque en medida que vaya practicando un amor de espléndido así conmigo misma, sé que llegará solito, sin necesidad de buscarlo, gracias a que ya habré estado en compañía de la mejor fuente de amor infinito. ¿Sabes por qué? Porque en este mundo no hay parejas felices. Hay personas felices que se hacen pareja.

Shareny.

22 de agosto del 2014.