Le amo, pero…

En estos últimos meses han sucedido tantas cosas, que a veces mi cabeza parece girar sin mí o al menos conmigo ausente. Y no, no es algo de lo que pueda declararme fan. No me gusta porque duele. Especialmente me siento como una adolescente que ha dejado de ver a sus padres como super héroes, y ahora los visualiza como seres con inmensos defectos, de los cuales hay una que me afecta especialmente: su sobreprotección.

Sé que han pasado cosas que encendieron una dinámica enferma entre nosotros, porque ningún padre se recupera tan fácilmente del intento del suicidio de un hijo, o en este caso, de una hija.

Quiero hablar de mí y de mi relación con ellos, especialmente con mi padre, no de ellos con mi hermana, ella tendrá su propia historia.

Honestamente me parte el corazón pensar en darle voz a todo lo que se encuentra encendido en mi corazón en estos momentos, especialmente porque lo amo tanto, pero hay tantas cosas que no me gustan, me muero de miedo y de culpa al estar escribiendo cada palabra. Desde que salí del hospital tras mi primer intento de suicidio, mi padre ha sido extremadamente sobreprotector.

Pero esto no fue un problema sino hasta que comencé a sentirme un poco más fuerte para afrontar con las consecuencias del atentado hacia mi vida, porque por ejemplo nunca podía salir tarde, dormir en la casa de mis amigos, ir a una fiesta, ni siquiera ver una película después de las 11:00 pm, sin que estuviera sobre mí todo el tiempo, llamándome, o llegando sorpresivamente a donde estuviera. La alarma seguía estando encendida, aunque yo ya no estuviera en peligro y esto me hizo una cómplice de la dinámica, porque aunque me duela aceptarlo, yo alimenté ese círculo.

Volviendo hacia atrás, y observando las cosas que me llevaron a intentar suicidarme, es inevitable recordar las circunstancias y las personas que (aunque no culpo, influyeron directamente en mi decisión).

Para empezar, yo era una joven que carecía de un amor propio y vivía en un estado de inseguridad permanente, que si bien en un principio fue por la falta de una seguridad emocional brindada por crecer en un hogar alcohólico, cuando llegó el momento de convertirme en una adulta, honestamente no hice mucho por serlo, siendo irresponsable por mi propia vida y mi propia salud. Entonces, llegado el momento de conocer a quien fuera la primera pareja seria de mi vida, no podía esperar que la relación fuera madura, debido a que yo no lo era para nada.

Era una niña asustada, voluble, poco amada por mi misma y con poco autoestima, encerrada en el cuerpo de una mujer de 23 años.

Mis padres generalmente no dejan que la gente con la que yo salgo, entre a sus vidas facilmente, pero a él lo dejaron entrar, no por él, sino por mí. Desafortunadamente, esa relación se covirtió en una condena.

Fue una persona extremadamente abusiva. Financiera y emocionalmente nunca estuvo ahí para mí.

Estuvimos viviendo juntos por más de 10 meses, hasta que finalmente un día no pude más e ingerí pastillas con la intención de morirme, afortunadamente sin éxito.

Aunque no fue inmediato, después de varios días decidí romper con él y mudarme.

Como una crónica de una ruptura anunciada, mis papás me recibieron de vuelta. Hoy sé que era necesario, ellos eran mi red de apoyo. Me abrieron las puertas de su casa sin muchas preguntas, me salvaron y siempre estaré agradecida, pero hoy, cinco años después, por momentos pareciera que aun estamos en aquellos meses después de la ruptura.

No hay día que no me llamen, e incluso que mi padre toque la puerta de mi casa para ver como estoy o incluso ¡para despertarme! Que infierno. Cabe aclarar que ya no vivo en su misma casa y eso lo hace aun más monstruoso.

A mis 30 años recien cumplidos, compartiendo mi vida con una nueva persona que amo con todo mi corazón, ya es hora de que renegocíe mi relación con mis padres.

Entiendo completamente que ellos quieren lo mejor para mí y no quieren que yo, o incluso ellos mismos se vean perjudicados por otra ruptura. Lo que aún no entienden es que mantenerme dependiente me impide llegar a mi edad adulta. Y me duele saber que parece que sigo cooperando con eso.

Quiero mi independencia. Y se que el paso uno, es decir salirme de su casa, fue un avance, pero aun sigo permitiendo cosas que a estas alturas ya no deberían siquiera considerarse y eso me llena de rabia, porque no he hecho nada para detenerlas.

Me llena de culpa querer muy en el fondo que se alejen un poco de mí, que me dejen respirar, que me dejen caer y levamtarme sola.

Aún soy borderline, y lo seré siempre.

Aún hay ocasiones en las que tengo ganas de hacerme daño y me asaltan los pensamientos suicidas.

Pero eso no quiere decir que sigo corriendo el mismo riesgo.

Ya tengo herramientas para enfrentar mi enfermedad, pero parece que ellos no lo entienden.

Al final del día solo espero que su amor por mí sea lo suficientemente fuerte como para tolerar que me convierta en un adulto.

Quiero un amor.

Libre. Un amor que me recuerde al mío propio. Colmado de perdón y libre de reproches. Un amor que me ofrezca aceptación y cobijo. Que me tome de la mano y comparta mis silencios. No quiero algo que resane huecos ni barnice ausencias. Lo quiero hoy. En esta plaza. Conmigo. Un amor espiritual y expresivo. Que sea espléndido. No mísero que me de lo que le sobra. Que se comparta y sepa quererse. Estoy lista para un amor flexible y autónomo. Un amor que al mirarse al espejo se inunde del regocijo de estar vivo, empapándose de los defectos de su cuerpo como un arquetipo de autenticidad. Un amor que viva bajo el agradecimiento y no entre los mantos del ego enfermo. Un amor humilde de corazón que sea y no parezca. Que viva y no aparente. Que sienta, ame y respete. No debe ser dificil de encontrar, solo hace falta creer que lo merezco. Porque en medida que vaya practicando un amor de espléndido así conmigo misma, sé que llegará solito, sin necesidad de buscarlo, gracias a que ya habré estado en compañía de la mejor fuente de amor infinito. ¿Sabes por qué? Porque en este mundo no hay parejas felices. Hay personas felices que se hacen pareja.

Shareny.

22 de agosto del 2014.

Sólo Basta un Segundo

Hoy supe de la muerte de Claire Greaves, una joven que no superaba los 25 años de edad. Una guerrera que batalló la mayor parte del tiempo para sobrevivir a la anorexia, la inestabilidad emocional y un trastorno de personalidad. Me inspiró en los días que no podía seguir adelante. Yo visitaba su cuenta de Instagram y la veía continuar, aferrarse a la vida e inspirar a otros. Los últimos meses la incertidumbre llegó para la comunidad virtual que la consideraba parte de su familia en el camino de la recuperación. Fue ingresada a un hospital en Reino Unido y aislada de las redes sociales para ayudarla a recuperarse. Vi reaccionar a muchos con enfado a la decisión de los médicos, expresarse en contra, mientras yo solo pensaba “ojalá sea por su bien”. Si algo sé, es que los medios digitales son un arma de doble filo. Hace algunos años yo era una gran entusiasta del poder de la web –aún lo soy- pero el desencanto no ha pasado desapercibido en mi espíritu bloguero, puesto que con todo y su poder transformador, a veces el Internet se comporta como elemento esencial de la trivialidad y portavoz de los grandes problemas que tiene la cultura moderna. Como lo son los blogs y cuentas en redes sociales que lejos de ser promotores de la esperanza para las personas que sufrimos de trastornos alimenticios y procuramos encontrar un equilibrio mental, perpetúan la enfermedad. Claire fue una víctima, si bien lo fue de su propia mente que estaba apoderada de unas hijas de puta llamadas depresión y anorexia, también lo fue de un sistema de salud deficiente, y el uso perverso que se ha hecho de sitios innumerables en Internet casi imposibles de controlar. No, si me preguntan nunca la conocí en persona. Sí, hubiera sido un honor. Ella y yo compartíamos más que una pasión, entre ellas, la escritura en pro de la salud mental. Y no. No puedo acercarme en lo más mínimo al dolor que su familia está sufriendo en estos momentos. Pero sí a la frustración y rabia que significa perder a una persona por un monstruo que arrebata de la manera más cruel la vida de un ser querido. Y lo sé porque he estado ahí, sintiendo que no valgo nada en absoluto, ni siquiera el aliento. He estado destruyéndome por más de diez años creyendo que es lo correcto. Sé que muchos pueden pensar que no hay responsable. Que es una lástima, Que se hizo todo lo posible. Pero ¿en realidad así fue? No hablo solo de Claire, hablo de ella, de Ruby Pipes y de millones de personas que están sufriendo en este momento. Que están llorando en un rincón de su habitación sin nadie más. Hablo de los hombres, mujeres, jóvenes y niños que caminan junto a nosotros pensando que estarían mejor si estuvieran muertos. Y ni hablar de los olvidados. De aquellos personajes que todos vemos en las calles y esquivamos con la mirada porque la pobreza y la locura son difíciles de ver. Los indigentes, vagabundos, esos locos extraños. Hablo de mí, Shareny, que he perdido el sentido de vida más de una vez. Que encuentro en la autolesión y el hambre un modo de evitar el suicidio. ¿De verdad estamos cuando alguien más nos necesita? ¿De verdad el sistema de salud procura el bienestar integral más allá del discurso y la simulación jurídica? Con Claire suman dos mujeres increíbles que la depresión me ha arrebatado y le ha arrebatado al mundo. Mi corazón no ha sabido qué hacer. Mi primera reacción fue gritar. Más tarde llegó la furia. ¿Por qué ella? ¿Por qué una de las personas que más me inspiraban y tocaban mi corazón? Después me cerré. Nada importaba. Ni siquiera el dolor. Pero era mentira. Sí que importaba. Tanto que necesité del poder sanador de la palabra, sacarlo de mí y concluir diciendo que pude ser yo. ¿Es justo? No. jamás lo es. No me alegro. No me da calma. No me hace sentir bien el verme a salvo y ellas muertas. Un segundo. Solo eso basta para ser la diferencia. Mi padre me preguntó que tenía. “¿Por qué estás lejana y pensativa?” Susurró mirándome profundamente con sus ojos de cristal. Pronuncié su nombre. Le mostré una foto. “Era apenas una niña” dijo, lamentándose con los movimientos de su cabeza. “Y yo una mujer”, pensé. ¿Cuál es la diferencia? ¿Que yo a mi 29 años ya debería tener todo resuelto? No lo tengo. Al acostarme cada noche me lamento por no tener una cuchilla a la mano y rebanar mi muñeca en dos. No soy la misma que hace tres años, fecha de mi último intento de suicidio. No. No lo soy. Pero aún continúo luchando por mi vida. Cada día es una batalla que –si no estoy alerta- puedo perder. Solo basta un segundo para darse por vencido. Para escuchar el susurro maldito de la enfermedad mental. ¡Sí puritano de mierda! ¡De la enfermedad mental! ¿Eso qué te hace sentir? ¿Repulsión? ¿Falso orgullo por ti mismo? Yo no siento vergüenza. Ya no. Solía ocultar mis cicatrices por la autolesión, pero no más. Ellas son cicatrices de mi propia guerra. Sigo aquí. Pero quizá más dolida de lo que debería. ¿Todo esto podría evitarse? Tal vez. Hay veces que me exijo demasiado, lo sé. Me culpo y me vuelvo mi peor enemiga. Pierdo la noción de lo que soy –o no- capaz de hacer. La realidad se vuelve un sueño en el que creo prudente apostar mi vida. Solo un corte más. Con más fuerza. Un vómito más. Une comida menos. ¿Deben los profesionales de la salud ignorarnos, internarnos o enviarnos a trabajar? Cada caso es distinto sin duda. “Usted señorita debe venir a la oficina si se siente triste. ¿Está estresada? El trabajo es la respuesta. ¿Está cansada? El trabajo es la respuesta. ¿Está deprimida? El trabajo es la respuesta”. Me dijo uno de los hombres que trabaja conmigo y que más respeto. ¿Quiso ayudar? Evidentemente. ¿Lo hizo? En lo absoluto. ¿Estaba preocupado? No lo sé. Pero hay veces que no es suficiente una buena voluntad. Esas veces en las que personas como Claire, Ruby y yo no vemos nada en nuestro futuro más allá de la desolación, errores en nuestro pasado y pesadillas en nuestro presente. La historia nos ha demostrado que el sistema de salud –público al menos- ha sido peor que deficiente y poco responsable para atender eficazmente a las necesidades de programas integrales en cuanto a psicología y psiquiatría se refiere. Hace poco menos de tres meses tuve una crisis por estrés y poco descanso. Mi psiquiatra, al que veo de manera privada, me diagnosticó principios de anemia y bajo rendimiento debido al desgaste por el estrés de los últimos meses, a lo que me recomendó descanso y ciertas vitaminas. Hasta ahí todo bien. Pero como en mi trabajo ninguna recomendación médica es válida sino proviene del equipo del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), tuve que hacer caso omiso de sus indicaciones y solicitar una cita en dicha institución para que cuando me atendieran –casi un mes después- me dijeran que no estaba mal desde “su punto de vista”. Esas indicaciones mal atendidas me ocasionaron, entre otros factores, una recaída a la remisión de la depresión que mi psiquiatra, además de mi psicóloga (también privada), comenzaron a tratarme desde hace tres años, cuando salí de mi hospitalización en el Instituto Nacional de Psiquiatría. Recaída que –aunque muchos no lo saben- me llevó a lesionarme nuevamente. Como ésta, tengo muchas vivencias que van más allá de un ejemplo caprichoso de una mujer que le huye a las responsabilidades. Mucho tiempo viví aterrada de lo que pudiera pasarme si se enteraran en mi lugar de trabajo que padezco de mi salud mental, avergonzada por los prejuicios de la estigmatización que aún en el siglo XXI existen alrededor de este tema, pero hoy quiero levantar la voz porque es injusto ser doblemente encarcelada y enjuiciada. Aun no entiendo muchas veces como es que sigo viva. Pero definitivamente estoy convencida de que no es ni por las políticas laborales en esta materia, ni por el Sistema de Salud Pública. A veces y por momentos parecen cómplices de nuestros propios fantasmas y verdugos. Como si lo que quisieran es llevarnos al límite, desvirtuando la veracidad del sufrimiento de una persona con padecimientos mentales a pesar de que lograr que la población conserve la salud mental, además de la salud física, depende, en gran parte, de la realización exitosa de acciones de salud pública, para prevenir, tratar y rehabilitar. Algo que sin duda, se ha demostrado, no tiene prioridad entre las administraciones que van y vienen. Ruby Pipes era americana y Claire Graves de origen inglés. Extrañas de países lejanos e historias desconocidas. Mujeres completas que compartieron sus historias de manera constante, a través de publicaciones en sus plataformas virtuales y libros titulados “Unrailed” y “Dear Stranger”, con páginas que le hablan a gente como tú y como yo, para inspirar y dejar en claro porqué seguir adelante vale la pena. Y no, no debe ser vista como una contradicción, ya que ahora sus libros siguen aquí y ellas no. Porque la guerra que se vive en las mentes y corazones de personas como ellas y como yo, es muchas veces así, aparentemente sin sentido. Porque nuestra voluntad de vivir es intensa, honesta y hambrienta, como la de un niño que quiere correr cuando apenas aprendió a dar el primer paso. Una voluntad que debido al fenómeno complejo determinado por múltiples factores de la enfermedad mental, va cansándose de a poco cuando ésta se va haciendo más y más fuerte. Y no. Salir adelante no depende de un estúpido e ignorante “échale ganas”, porque si algo hacemos con todas nuestras fuerzas es precisamente eso, aunque a muchos no les parezca suficiente. Porque estar deprimido no es lo mismo que estar triste. Al igual que tener un trastorno alimenticio como anorexia o bulimia, no es un capricho por estar delgado. Se tiene que dejar de tratar a las enfermedades mentales como un secreto sucio del que no podemos hablar. La depresión está matando gente. El silencio está matando gente. El pensar en Claire, me hizo recordar a Ruby, y a un centenar de mujeres y hombres que considero parte de mi familia virtual con los que puedo acercarme para conversar en los momentos más difíciles. Me niego a guardar silencio y permitir que sus muertes se desvanezcan, aún hoy que ha pasado casi una semana desde que comencé a escribir este texto desahogando la frustración que me invade cuando alguien, ya sea un amigo, familiar o simple conocido tacha de loco, raro o poseído a otra persona que está sufriendo. Nada justifica tal crueldad, ni siquiera su propia ignorancia. Pensar antes de hablar, y si no se sabe del tema, cerrar la boca, ¿acaso es tan difícil? De vez en cuando, nos enteramos de historias en las noticias sobre celebridades que se suicidan. Frecuentemente en actos etiquetados como una sobredosis accidental, seguidas de una vaga declaración sobre una “compleja y larga historia de enfermedad mental”. Sin embargo, parece que todos evitamos enfocarnos demasiado en el tema. El elefante gigante se sienta ahí en nuestra habitación, mientras simulamos su ausencia, permitiendo que su olor fétido e insoportable se quede e instale como algo normal, por días, meses y años hasta que un miembro de la familia decida señalarlo y romper el silencio. El hecho es que hay gente que está muriendo a causa de las enfermedades mentales. Una verdad agonizante e insoportable. Hay gente está luchando en silencio porque hay otra parte que los ha hecho temerosos para alzar la voz. El terror de ser etiquetados o vistos como débiles, es el resultado de un largo periodo de descuido y estigmatización. Por lo que alzar la voz siempre puede salvar una vida de personas que son amadas, apreciadas y adoradas, incluso si ellas mismas no pueden verlo. Aquí les hablo de dos. Ruby Pipes y Claire Greaves, pero existen padres, hermanos, socios, hijos, amigos y hasta nuestros propios compañeros de trabajo que al día de mañana pueden no estar. ¿Cuántos cadáveres más estamos dispuestos a sacrificar por evitar tener una conversación incómoda?

Mi verdad incómoda

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¿Qué ocurrió después?, la vida. Justo cuando empezaba a sentirme cómoda con el desdén de la falta de cordura. Pero ¿de qué habla?, se estarán preguntando si es que les importa un bledo lo que una persona como yo tiene que decir. Todo marchaba de manera regular, con reproches autodestructivos, enganches emocionales poco sanos, una baja ingesta de alimentos saludables y excesivas horas de sueño, nada grave en realidad, cuando comencé a recordar. El momento y el lugar de ese instante se desvaneció ante mi necia memoria, en cambio una joven e inexperta versión de mi ser se apropió de los olores, sabores, ascos y delicias de mi presente. Estaba menos escuálida, menos pálida, menos amargada, bah, menos todo. Esa persona ante mis ojos estaba abrazando un suéter que ya no existe, era de mi padre, justo como todas las cosas que solía tomar de su armario, no recuerdo el color y honestamente no importa, lo valioso es el cómo, como lo sostenía entre mis brazos como un pequeño tesoro y cómo me hacía sentir, lo llevaba puesto con orgullo uno, dos y hasta tres días seguidos sobe mi propia ropa, siempre iba de aquí a allá, entraba y salía de casa con él, papá no lo entendía, inclusive se enojaba por mi poca educación al tomar sus cosas sin pedirlas previamente prestadas. Al ver de nuevo esa diminuta figura vistiendo el sueter de un viejo, mi corazón se desarmó, no ocultaba más aquel secreto, amaba lucir las prendas de un hombre, me sentía como uno, en mi pequeño mundo infantil, lo era. Hace tres días esa verdad se reveló ante mí sin un esbozo de verguanza, después de tanto tiempo lo sabía, era diferente, soy diferente, diferente al resto pero no a mí, todo lo que me había venido atormentando desde hace un par de meses tomó forma, la confusión como densa nuebla comenzaba a dispersarse, ¿acaso estaba tan contrariada al grado de no saber más quien era?, ¿en mi cuerpo se escondía un ente extraño que quería despojarme de mi identidad?, no, siempre m he sentido así, más allá que un nombre, que un rol y un millón de nervios, se trata de mí. No soy una mujer, tampoco un hombre, estoy en la linea que abraza ambos opuestos y no está mal. No puedo llegar a una conclusión, aun en este momento no puedo cumplir con lo que mis padres llamarían una definición, “¿o eres o no eres?”, me preguntarían casi como una inquisición, lo sé porque los he escuchado antes, pero no me importa, no tengo miedo a ellos, tengo miedo de mí, del lugar al que este descubrimiento podría llevarme, no es algo nuevo, más bien es un despertar que me hace sentir más cerca de mi, si es que eso tiene sentido. Quizá si me muestro al desnudo y con los ojos cerrados ante mis propias sensaciones, los prejuicios que se esconden tras esta confesión, solo puedan esperar la verdad. Cuanto pueda hacer es darme por primera vez la oportunidad de sacar esto que por tanto tiempo permaneció oculto, es probable que en esta ocasión, la fantasía me juegue un truco barato para olvidarme de mi verdad, más que del hecho de haber estado viviendo con una persona que no conozco y no me representa del todo. De antemano me disculpo por el peso que he colocado en los hombros de algunos, lo he meditado y aun así , he decidido no guardarlo con recelo ni un minuto más, si hay una parte que los haga incomodar, tendrán que hacer lo suyo para buscar su propia verdad, porque les aseguro que es el mejor camino para dejar de señalar, por otro lado, también podrán echar a la papelera lo que he dicho y continuar con sus vidas, naturalmente se podrán olvidar de todo esto. Hasta este momento me encuentro sumergida en mis pensamientos, por primera vez sin hallarme perdida, este deber que nos han obsequiado a todos para ser cumplido a toda costa es mierda pura, con un pequeño diamante dentro, que si uno mira fijo, a través y por un largo tiempo, puede hallar para después portar con falsa presunción y desdén por un periodo hasta que la muerte nos encuentre y reclame como suyos, porque, al final fue puesto ahí para ser encontrado, ¿díganme de qué sirve si al final nos vamos únicamente con nuestros marchitos cuerpos?, ¿no valdría acaso un poco más, ser auténticos con la gema, carbón, cristal o lo que sea que hagamos de nosotros?, basta de falsa seguridad, por pequeña o grande que sea la verdad de un ser, merece ser defendida con dignidad, así el único cargo que puedo levantar contra mí, es haber vivido con miedo todos estos meses, un tiempo irreparable y que no volverá. Ahora no puedo perder aun más juzgándome, ni juzgando a los que me juzgarán o han juzgado a personas como yo por el simple hecho de ser diferentes, porque cuando uno esta ocupado viviendo su propia vida, no hay tiempo ni espacio para quien no pueda entender, porque si el espíritu de lo sagrado mora en alguna parte es en el amor, el respeto y la comprensión.

Abriéndome al amor

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Regreso a lugares que recuerdo. Tratando de acurrucarme de nuevo en los espacios entre los troncos de los árboles con los que crecí, pero ya no encajo. El musgo, las raíces se han apoderado de todo, justo como los Baobabs de los que me advirtió el Principito años atrás. Ese lugar no es el que alguna vez frecuenté. Ese espacio ya no existe más.

Confort, seguridad y memoria. Un reflejo de algo que quería, pero nunca tuve. Una promesa rota. No hecha por la persona que pudo cumplirla, pero si por la persona necesitada. La gente no se convierte en otras personas por imaginar una chispa de esperanza. Lo que se ve es lo que se obtiene entonces, debo asegurarme de estar poniendo atención.

Las cicatrices en mi piel me recuerdan que casi terminé en una morgue hace un año. Me dicen que soy fuego que se puede extinguir. Personas cercanas a mí me comparten que jamás me habían visto tan feliz como lo estoy ahora. Me dicen que lo merezco. Que me lo he ganado. Me dicen que lo valgo. Me dicen, “Esto es como la meditación. Tienes que dejar fluir tus sentimientos, justo como a los pensamientos.”

Inhalando bruscamente me doy cuenta que he estado con un pie dentro y un pie fuera. Medio esperando una reconciliación con una Shareny que sólo vive en mi imaginación. La que yo pienso que soy, pero de hecho nunca he conocido. Con pasión. Con emoción. Una relación sin complejos. Con atributos que no reconozco por miedos e inseguridades que me llevan a pensar que no existen en absoluto. Que no soy el tipo de persona que merece algo. Un desperdicio de vida.

Pero al diablo con eso.

La semana pasada me quebré al llegar a casa. Después de el trabajo. Me acosté con mi perro en el patio. Lo envolví en mis brazos a pesar de que estaba tan caliente. Nos mantuvimos juntos como una madre y un niño pequeño. Se frotó en mis piernas y me hizo sentir perfecta, apesar de que estaba a punto de llorar y le decía que estaba rota. Me demostró su confianza al quedarse dormido en mis brazos, sin miedo de lo que pudiera venir. Y le creí. Mi respiración se fue alentando hasta relajarme. Descubrió la parte de mí que podía ser consolada. Eso es abrirse a ser amada y amar sin miedo. Me sentí lista para empezar a hacerlo conmigo y con otro ser humano.

Entonces cuando entré a casa con mis papás por mi cena, no me dirigí directo a la cocina sin mirarlos siquiera. Me senté en la sala y les dije que me sentí mal, que tenía miedo de que me despidieran y me dijeran que no tenía talento para escribir en ese periódico. Que no era lo que estaban buscando, a pesar de haber recibido buenas críticas por parte de mi jefa. En lugar de encerrarme en mi cuarto. Para acurrucarme en mi cama y dejar que esos pensamientos pudrieran poco a poco cada rincón de esperanza en mí. Perpetuar la idea que me grita que soy un desperdicio de vida y aliento. Dejé que los brazos de mis padres abrazaran la parte de mí que podía ser consolada y sus palabras “Te amamos. Confía en ti como nosotros en ti” me llenaron de voluntad para seguir adelante.

Eligiendo una pareja

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Hay muchas cosas en mi vida que definitivamente me aterran. Una de ellas, decidir compartir mi vida con una persona, elegir una pareja. La mayor parte de mi vida he alardeado de mi facilidad para entregarme y confiar en las personas, pero la verdad es que he vivido con miedo al compromiso mi vida entera.

Desde mi infancia conocí lo que es el abandono, entonces ¿cómo podría realmente volver a confiar en alguien?

Dando un salto de fe. Es inestable y poco familiar, la mera idea de la confianza. Pero hoy quiero decirle sí. Decir sí a pesar de que todo dentro de mí grite “va a dejarte y vendrá el dolor.” Quiero decir sí a pesar del profundo miedo que me asegura que eventualmente esa persona va a correr, morir, o desaparecer. Quiero decir sí. Y que no se vaya, que esté ahí, a mi lado. De pie, en el fuego que pudiera aparecer, pero siempre capaces de atravesarlo juntos.

La verdad es que nunca he sentido tal amor con ninguna pareja. Pero aún así no pierdo la ilusión de poder sostener esa mano todo el día. Sentarme en sus piernas. Llorar. Estar en silencio. Hablar. Y amar. Tener una semana sin distracciones. Sin teléfonos. Sin Netflix. Sin alcohol. Nada en medio. Sólo mi pareja y yo.

Normalmente hay muchas cosas que hacer; trabajo, estrés, pendientes, miedos. ¿Cuándo fue la última vez que miramos a los ojos, no sólo de nuestra pareja, sino de nuestros seres amados en verdad? ¿Cuándo fue la última vez que fuimos honestos uno con el otro en verdad?

Anteriormente tenía la impresión de que con el paso del tiempo la pasión disminuía. Bien, no es así. Definitivamente no. La pasión no se pierde, las personas sí. No puedo mantener una relación apasionada si he perdido la pasión por mi misma. Es algo que comienza adentro. Así el amor. Y quiero amar-me plenamente. Quiero que nazca. Brote dentro de mí. Que me haga sonreír. Ese amor.

Hay una frase de uno de los poetas persas más influyentes del siglo XIII, Rumi que dice “Tu tarea no es buscar el amor, sino buscar y encontrar las barreras dentro de ti mismo que has construido contra él.” Y mi verdad es que he mantenido ese amor a raya, alejándolo a través de una muralla construida de miedos e inseguridades. ¿Cómo amar si no soy capaz de amarme a mi misma? El amor sólo es posible una vez que hemos decidido que somos demasiado valiosos como para seguir soportarndo el peso de nuestro pasado.

Somos importantes y merecemos amar-nos.

Una vez que soltamos todo ese peso somos libres… Y también el amor.

Real

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Hay momentos en los que me siento insegura acerca del camino que estoy tomando. Momentos en los que dudo de mis decisiones, habilidades, mi belleza, mi valor. Hay una voz dentro de mi cabeza que surge de vez en cuando y me grita “No deberías trabajar en esto, es una pérdida de tiempo” o “No puedes hacer yoga” o “No eres buena escritora”, “Estás loca” o “Estás gorda”, “No eres bonita”, “No eres lo suficientemente talentosa.” Escucho esta voz, cada vez. Cuando me identifico con ella, mi mundo entero se colapsa. Empiezo a compararme con otras personas y alimento esa voz “Sí, debería ejercer mi carrera” “Sí, puedo ser más delgada. Más linda. Ser mejor en mi práctica yogica. Escribir mejores columnas. Ser más exitosa.” Sólo con el pensamiento,  minimizo todo mi ser. Mi mente gira en una espiral de devaluación seguida de mis emociones.

En este punto, tomo mi celular. Me siento tan insoportable que necesito una distracción. ¿Qué mejor forma de distraerme de tantos juicios que en las redes sociales? Entonces comienzo a navegar y navegar. Todas las chicas son tan delgadas. Visten ropa fabulosa, zapatos tan coloridos. Mis amigos de la universidad tienen trabajos estables en empresas conocidas. Viajan. Y yo, estoy aquí, en mi sillón comiendo palomitas, trabajando en mi sueño, buscando la forma de hacerlo crecer. Cuando mi mente se va y empieza a buscar soluciones a mi pronunciada devaluación personal. “Tal vés debería ponerme a dieta, comer menos, vomitar más. Inmediatamente perder unos cuantos kilos. Cambiar mi guardaropa. Maquillarme. Renunciar a mi proyecto y trabajar por los sueños de alguien más. Ir a mi techo y tomar unas cuantas fotos hermosas y decirle al mundo lo bien que la estoy pasando, ya saben. Casual. Eso me hará sentir fabulosa.”

Pero no. Estoy tan harta de que mi mente esté diciéndome “Si haces X Y y Z serás más feliz. Si cambias, si mejoras, valdrás más.” Eso es mierda. Definitivamente odio las dietas, son una completa tortura, además la obsesión con mi peso sólo me ha traído problemas. Me gusto con y sin maquillaje. Creo en mi trabajo y confío en él. Quiero quedarme como estoy, con mis leggins, mis botas y blusas negras y quiero amarme. En este momento. Ahora. No después, no en un futuro imaginario que nunca llega. Aquí. Quiero un amor personal sólido, inquebrantable, al que no le importe la voz de mi cabeza.

La urgencia para dejar este círculo destructivo es tan fuerte que me levanto y voy afuera. El sol se está ocultando. El cielo está lleno de colores púrpuras, rosas, naranjas y amarillos. Mi perro se acerca a mí y me pide una caricia. Todo lo que necesito para sacudirme esa voz es esto. Estos colores. El cielo. Mi perro. Esto es real. Mi vida que es hermosa, por cierto, es real. Real. La neurotica y absurda voz dentro de mi cabeza que me dice que no soy suficiente no es real. En lo más mínimo. Ni siquiera un poco.

Entonces. ¿Por qué darle atención? El segundo en el que paro de alimentarla con mi atención, se detiene. Llega el silencio, y con él, la comprensión de que todo es perfecto. Que no soy perfecta y eso es perfecto. Que soy hermosa e inteligente y tan valiosa. Y sé, que esas chicas y chicos en Instagram y Facebook también lo son. Todos sentimos dolor y algunos de nosotros estamos tratando fuertemente de cubrirlo con cosas superficiales como parecer perfectos, demostrar la mejor vida y conseguir la mayoría de likes en las redes sociales. Pero al final, no hay nadie que se nos compare. Sólo estás tú. Sólo estoy yo. Este momento. Este sorprendente cielo y la elección de estar aquí. Para no desaparecer en la falsa realidad que la mente crea. Para estar aquí. Vivos. Despiertos.

¿Qué puede ser más importante que esto?