Perdonar y confiar.

Nunca ha sido fácil decir que en mi vida a menudo atravecé períodos de desempleo debido a mis problemas recurrentes debido a la depresión y a mi trastorno límite de personalidad, mucho menos aceptar que en muchas de esas ocaciones contribuí debido a mis acciones de autosabotaje, (pero ese es otro tema que abordaré en otro post próximamente).

A veces, estas épocas desempleadas llegaron a durar desde varias semanas hasta un par de meses. De cualquier manera, mi cuenta bancaria se agotaba y me encuentraba en la misma situación que todos los demás: necesitando dinero desesperadamente. En un principio ni era tan problemático ya que aún vivía en casa de mis padres, quienes amorosamente siempre estuvieron ahí para tenderme su mano y apoyo incondicional. Incluyendo aquél tiempo hace cinco años en el que era maestra de español en una secundaria privada, y en el que comenzó mi camino hacia mi recuperación de una condición que no sabía que tenía, mi TLP.

En mis tiempos de desempleo, recuerdo que había muchas cosas a considerar cuando navegaba en línea a través de los diferentes portales de trabajo para decidir postularme a una vacante: las horas, la carga de trabajo, las vacaciones, los salarios, la ubicación, la cantidad de interacción social, etc.

Cuando era recién egresada de mi licenciatura, en aquellos momentos en los que nadie quería contratarme por mi falta de experiencia el hecho de buscar una opción laboral era realmente abrumador, años después supe que es aún más difícil de hacer cuando tu salud está mermada por una enfermedad mental.

No olvido que la mayoría de las descripciones de puestos o anuncios contenían una lista de responsabilidades y especificaciones con frases como “saludar alegremente a los clientes”, “sonreír” o “buscamos personas con talento”, condicionantes que significaron una pesadilla cuando salí de mi internamiento psiquiátrico después de haber renunciado a mi trabajo de docente, ya que no pensaba en mí misma como una persona con esas cualidades, me era imposible hacer esas cosas, “saludar felizmente a los clientes”, “sonreír”, “trabajar bajo presión” o creer siquiera que tenía talento.

La sola posibilidad de volver a forzarme a estar bien durante ocho horas al día era suficiente para llorar y jurarme que era una inútil e inservible para ejercer un trabajo por más sencillo que éste se describiese en las vacantes.

Las búsquedas de empleo se volvieron con el tiempo cada vez más difíciles y desalentadoras. Me agotaba la poca energía que tenía. Me frustraba tanto conmigo al ver como mi currículum estaba “manchado” por ausentismos debido a mis renuncias motivadas por la depresión.

Yo misma sin saberlo en ese entonces alimenté mi situación con la culpa, llevándome al círculo de la depresión, la autodevaluación y la ansiedad.

Ver todas las cosas que según yo nunca podría ser, fue sumamente perjudicial para mi autoestima, porque mi voz interna me bastaba para empezaba a decirme que no debería molestarme en intentarlo. No era cada descripción de trabajo, el problema era que no me perdonaba, que no aceptaba a mi TLP, ni a mi historia. El enojo y mi poco autovalor me hundía más y más. Porque gracias a ello, no me creía capaz de hacer todas las tareas que leía en los portales y en las empresas.

Estaba en la inevitable espiral: ningún empleador me quería. Mis cualidades, conocimientos y habilidades no eran suficientes. Me decía a mi misma que no valía nada, que nunca conseguiría un trabajo decente.

Hoy sé que todo lo que me hago, todo lo que me digo y lo cruelmente que me juzgo en los periodos de desempleo es un error, una injusticia para mi propia vida: “Si tan solo hubiera hecho un máster. Si tan solo fuera mejor. Si tan solo no estuviera mentalmente enferma. Si tan sólo fuera perfecta”. Me he repetido eso una y otra vez en mi mente tantas veces, que aún hoy me cuesta trabajo no creerle a esas palabras.

A pesar de que logré ya hace tres años entrar a trabajar al Periódico Noticias, donde me ejercí profesionalmente durante los últimos dos años, hasta septiembre del 2018, que por motivos de desarrollo y crecimiento me ví forzada a buscar otras opciones, por primera vez sin encontrarse entre las razones mi salud mental.

Pero eso no me excentó a deprimirme nuevamente, ni a autodevaluarme, es por eso que escribo hoy mis experiencias con las épocas de desempleo, porque no puedo permitirme tirar a la basura todo lo que soy, por unos cuantos meses difíciles.

Afortunadamente hoy 29 de enero del 2019, comencé a trabajar en una empresa global de telecomunicaciones (con la que nunca jamás hubiera soñado) después de haber competido contra 80 personas. Después de todo, después de años, lo logré, y lo mejor es que es el comienzo.

No voy a permitir que mis dudas, ni mis inseguridades que me asaltan como ¿Soy realmente lo suficientemente buena? o ¿Realmente puedo hacer este trabajo?, me quiten lo que yo solita he conquistado, y es que mi historia está llena de algunas veces en las que pasé por alto grandes oportunidades porque no creía que fuera buena como para hacerlo. Incluso si esa oportunidad me hubiera llevado a la carrera de mis sueños, estaba demasiado asustada y no creía que fuera capaz.

Bueno, quizás también tú que me lees hayas perdido algunas oportunidades, es por eso que estoy aquí para decirte que no puedes dejar que tu falta de confianza te obstaculice.

Ya sea que estés buscando un trabajo para ayudar a pagar el alquiler, comiences desde cero en un lugar nuevo o quieras comenzar a perseguir tus sueños, no puedes permitir que ese bully de tu cabeza te detenga.

Todos comenzamos en diferentes lugares para construir nuestras carreras. No hay nada de qué avergonzarse si estás en la parte inferior y avanzas hacia arriba. No hay nada de qué avergonzarse si lo estás intentando por enécima vez. Está bien volver a empezar. Lo valioso es que lo estás intentando, reaprendiendo, trabajando por ser mejor y más saludable.

El dinero es importante y solicitar un nuevo trabajo siempre da miedo. Creeme lo se. Pero ha habido ocasiones en las que probé que mi depresión y mi trastorno estaban equivocados y que yo era más que capaz de realizar mi trabajo y todo terminó bien. Es por eso que me recordaré esto cuando vuelvo a dudar. Puedo hacer esto. Sé que tú también.

Los sí y los no.

-“¿Qué te pasó?”
-“¿Qué hiciste?”
-“¿No te sientes incómoda al ver cómo la gente mira tus cicatrices?”
Todos estos comentarios han sido pronunciados por amigos, familiares y extraños en referencia a las diferentes cicatrices que cubren mis brazos y muñecas, aunque no sólo eso, ya que muchos únicamente se han limitado a lanzarme miradas fijas a los distintos cortes, mientras hablamos de temas completamente ajenos a mi experiencia con las autolesiones. Aunque no recuerdo la primera vez que lastimé mi cuerpo de diferentes formas, incluyendo tirar de mi cabello con fuerza, o golpear la pared con el puño cerrado, no olvido la primera vez que pasé una navaja sobre mi piel. Tenía 25 años, y rápidamente aprendí que lo mejor para evitar que mis padres me descubrieran era cubrir mis brazos usando siempre prendas de manga larga, sin importar el clima o la estación del año en la que me encontrara. Ahora, tres años después, he dejado de cubrir mis cicatrices, las cuales sobresalen de mi piel principalmente en mi brazo izquierdo a pesar de los tatuajes. Ya no siento vergüenza cuando un extraño comenta. Entiendo que me lesioné durante mucho tiempo porque estoy enferma de la misma manera que una persona con diabetes o leucemia está enferma. Mi cerebro está marcado por un desorden epiléptico en el lóbulo temporal que genera un desorden en el control de mis emociones, además del trastorno límite de personalidad y la autolesión era un síntoma de esos desórdenes; un síntoma que ha ido mejorando con el tratamiento a pesar de que su historia ha quedado mapeada en ambas extremidades. Pero algo que la gente no ha entendido es que no pido atención cada que me ven usando una prenda sin mangas; tampoco quiero responder preguntas intrusivas sobre mi vida o tolerar la curiosidad de extraños. No es necesario anunciar su reacción a las cicatrices de autolesión de cualquier persona más de lo que deben anunciar el desagrado del corte de pelo de un compañero de trabajo. Es por eso que si conocen a alguien con cicatrices y se preguntan “¿qué demonios debo decir o hacer?”, revísense primero. ¿Están incómodos? ¿Curiosos? ¿Horrorizados? ¿Por qué? Esos son sus pensamientos y emociones, no los de la otra persona. Enfóquense en eso y mantengan la boca cerrada. Porque incluso decirle a las personas que son “bellas”, “valientes” o “inspiradoras” a causa de sus cicatrices no es apropiado. Por favor piensen en cómo podrían tratar a alguien en una silla de ruedas: algunas personas con diferencias visibles en sus cuerpos pueden encontrar que esas palabras son positivas, pero a mí y a muchos otros no les gusta que nuestra diferencia sea arrastrada al romanticismo de nuestra condición, a menos que… Alguien que conoces tenga cortes recientes, ya que es comprensible que se preocupen, especialmente cuando la persona es alguien por quien se sienten responsables, un niño al que cuida, un estudiante, una sobrina, sobrino, hijo, etc. y aun así, se debe hacer en privado, para hacerles que están preocupados por su seguridad, brindándoles la oportunidad de confiar en el acercamiento. Si la persona es menor de edad, se debe hacerles saber que deberán informarle a un adulto responsable de su vida, como el padre o el consejero escolar, no sin antes darles la oportunidad de contarle a un adulto por su cuenta. En cambio si la persona con lesiones recientes es un adulto, hay que preguntarle delicadamente y en privado, sólo para asegurarse de que están seguros. No hay que olvidar las reglas de oro que son: No Juzgar. No Castigar y No Exaltarse.
También existe la excepción cuando la persona con cicatrices es alguien a quien se le conoce bien o se le ama, sintiendo curiosidad por su experiencia de vida. Antes de hacer cualquier pregunta, hay que cerciorarse de estar abierto para escuchar acerca de su experiencia, ya que lo que escuchará realmente podría entristecerlos, impresionarlos o confundirlos. Tengan en cuenta que la autolesión puede ser un tema muy delicado e incluso alguien que está abierto a otros aspectos de su vida puede no querer hablar de ello. Hay que preguntar a la persona acerca de sus cicatrices individualmente, no una comida familiar o reunión con los amigos. Hay que expresar las dudas de tal manera que quede claro que se desea respetar los límites que ponga la persona. Un ejemplo: “Me he dado cuenta de que tienes algunas cicatrices, y tengo curiosidad acerca de tu historia. Si no quieres hablar de eso, está bien, pero si lo haces, me gustaría escucharlo”. No hay que olvidar que las cicatrices no cuentan historias por sí solas, ellas son huellas en personas y existen por miles de razones diferentes. Le corresponde a las personas decidir si contar o no esas, así como el cuándo, el cómo y a quién.

Sólo Basta un Segundo

Hoy supe de la muerte de Claire Greaves, una joven que no superaba los 25 años de edad. Una guerrera que batalló la mayor parte del tiempo para sobrevivir a la anorexia, la inestabilidad emocional y un trastorno de personalidad. Me inspiró en los días que no podía seguir adelante. Yo visitaba su cuenta de Instagram y la veía continuar, aferrarse a la vida e inspirar a otros. Los últimos meses la incertidumbre llegó para la comunidad virtual que la consideraba parte de su familia en el camino de la recuperación. Fue ingresada a un hospital en Reino Unido y aislada de las redes sociales para ayudarla a recuperarse. Vi reaccionar a muchos con enfado a la decisión de los médicos, expresarse en contra, mientras yo solo pensaba “ojalá sea por su bien”. Si algo sé, es que los medios digitales son un arma de doble filo. Hace algunos años yo era una gran entusiasta del poder de la web –aún lo soy- pero el desencanto no ha pasado desapercibido en mi espíritu bloguero, puesto que con todo y su poder transformador, a veces el Internet se comporta como elemento esencial de la trivialidad y portavoz de los grandes problemas que tiene la cultura moderna. Como lo son los blogs y cuentas en redes sociales que lejos de ser promotores de la esperanza para las personas que sufrimos de trastornos alimenticios y procuramos encontrar un equilibrio mental, perpetúan la enfermedad. Claire fue una víctima, si bien lo fue de su propia mente que estaba apoderada de unas hijas de puta llamadas depresión y anorexia, también lo fue de un sistema de salud deficiente, y el uso perverso que se ha hecho de sitios innumerables en Internet casi imposibles de controlar. No, si me preguntan nunca la conocí en persona. Sí, hubiera sido un honor. Ella y yo compartíamos más que una pasión, entre ellas, la escritura en pro de la salud mental. Y no. No puedo acercarme en lo más mínimo al dolor que su familia está sufriendo en estos momentos. Pero sí a la frustración y rabia que significa perder a una persona por un monstruo que arrebata de la manera más cruel la vida de un ser querido. Y lo sé porque he estado ahí, sintiendo que no valgo nada en absoluto, ni siquiera el aliento. He estado destruyéndome por más de diez años creyendo que es lo correcto. Sé que muchos pueden pensar que no hay responsable. Que es una lástima, Que se hizo todo lo posible. Pero ¿en realidad así fue? No hablo solo de Claire, hablo de ella, de Ruby Pipes y de millones de personas que están sufriendo en este momento. Que están llorando en un rincón de su habitación sin nadie más. Hablo de los hombres, mujeres, jóvenes y niños que caminan junto a nosotros pensando que estarían mejor si estuvieran muertos. Y ni hablar de los olvidados. De aquellos personajes que todos vemos en las calles y esquivamos con la mirada porque la pobreza y la locura son difíciles de ver. Los indigentes, vagabundos, esos locos extraños. Hablo de mí, Shareny, que he perdido el sentido de vida más de una vez. Que encuentro en la autolesión y el hambre un modo de evitar el suicidio. ¿De verdad estamos cuando alguien más nos necesita? ¿De verdad el sistema de salud procura el bienestar integral más allá del discurso y la simulación jurídica? Con Claire suman dos mujeres increíbles que la depresión me ha arrebatado y le ha arrebatado al mundo. Mi corazón no ha sabido qué hacer. Mi primera reacción fue gritar. Más tarde llegó la furia. ¿Por qué ella? ¿Por qué una de las personas que más me inspiraban y tocaban mi corazón? Después me cerré. Nada importaba. Ni siquiera el dolor. Pero era mentira. Sí que importaba. Tanto que necesité del poder sanador de la palabra, sacarlo de mí y concluir diciendo que pude ser yo. ¿Es justo? No. jamás lo es. No me alegro. No me da calma. No me hace sentir bien el verme a salvo y ellas muertas. Un segundo. Solo eso basta para ser la diferencia. Mi padre me preguntó que tenía. “¿Por qué estás lejana y pensativa?” Susurró mirándome profundamente con sus ojos de cristal. Pronuncié su nombre. Le mostré una foto. “Era apenas una niña” dijo, lamentándose con los movimientos de su cabeza. “Y yo una mujer”, pensé. ¿Cuál es la diferencia? ¿Que yo a mi 29 años ya debería tener todo resuelto? No lo tengo. Al acostarme cada noche me lamento por no tener una cuchilla a la mano y rebanar mi muñeca en dos. No soy la misma que hace tres años, fecha de mi último intento de suicidio. No. No lo soy. Pero aún continúo luchando por mi vida. Cada día es una batalla que –si no estoy alerta- puedo perder. Solo basta un segundo para darse por vencido. Para escuchar el susurro maldito de la enfermedad mental. ¡Sí puritano de mierda! ¡De la enfermedad mental! ¿Eso qué te hace sentir? ¿Repulsión? ¿Falso orgullo por ti mismo? Yo no siento vergüenza. Ya no. Solía ocultar mis cicatrices por la autolesión, pero no más. Ellas son cicatrices de mi propia guerra. Sigo aquí. Pero quizá más dolida de lo que debería. ¿Todo esto podría evitarse? Tal vez. Hay veces que me exijo demasiado, lo sé. Me culpo y me vuelvo mi peor enemiga. Pierdo la noción de lo que soy –o no- capaz de hacer. La realidad se vuelve un sueño en el que creo prudente apostar mi vida. Solo un corte más. Con más fuerza. Un vómito más. Une comida menos. ¿Deben los profesionales de la salud ignorarnos, internarnos o enviarnos a trabajar? Cada caso es distinto sin duda. “Usted señorita debe venir a la oficina si se siente triste. ¿Está estresada? El trabajo es la respuesta. ¿Está cansada? El trabajo es la respuesta. ¿Está deprimida? El trabajo es la respuesta”. Me dijo uno de los hombres que trabaja conmigo y que más respeto. ¿Quiso ayudar? Evidentemente. ¿Lo hizo? En lo absoluto. ¿Estaba preocupado? No lo sé. Pero hay veces que no es suficiente una buena voluntad. Esas veces en las que personas como Claire, Ruby y yo no vemos nada en nuestro futuro más allá de la desolación, errores en nuestro pasado y pesadillas en nuestro presente. La historia nos ha demostrado que el sistema de salud –público al menos- ha sido peor que deficiente y poco responsable para atender eficazmente a las necesidades de programas integrales en cuanto a psicología y psiquiatría se refiere. Hace poco menos de tres meses tuve una crisis por estrés y poco descanso. Mi psiquiatra, al que veo de manera privada, me diagnosticó principios de anemia y bajo rendimiento debido al desgaste por el estrés de los últimos meses, a lo que me recomendó descanso y ciertas vitaminas. Hasta ahí todo bien. Pero como en mi trabajo ninguna recomendación médica es válida sino proviene del equipo del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), tuve que hacer caso omiso de sus indicaciones y solicitar una cita en dicha institución para que cuando me atendieran –casi un mes después- me dijeran que no estaba mal desde “su punto de vista”. Esas indicaciones mal atendidas me ocasionaron, entre otros factores, una recaída a la remisión de la depresión que mi psiquiatra, además de mi psicóloga (también privada), comenzaron a tratarme desde hace tres años, cuando salí de mi hospitalización en el Instituto Nacional de Psiquiatría. Recaída que –aunque muchos no lo saben- me llevó a lesionarme nuevamente. Como ésta, tengo muchas vivencias que van más allá de un ejemplo caprichoso de una mujer que le huye a las responsabilidades. Mucho tiempo viví aterrada de lo que pudiera pasarme si se enteraran en mi lugar de trabajo que padezco de mi salud mental, avergonzada por los prejuicios de la estigmatización que aún en el siglo XXI existen alrededor de este tema, pero hoy quiero levantar la voz porque es injusto ser doblemente encarcelada y enjuiciada. Aun no entiendo muchas veces como es que sigo viva. Pero definitivamente estoy convencida de que no es ni por las políticas laborales en esta materia, ni por el Sistema de Salud Pública. A veces y por momentos parecen cómplices de nuestros propios fantasmas y verdugos. Como si lo que quisieran es llevarnos al límite, desvirtuando la veracidad del sufrimiento de una persona con padecimientos mentales a pesar de que lograr que la población conserve la salud mental, además de la salud física, depende, en gran parte, de la realización exitosa de acciones de salud pública, para prevenir, tratar y rehabilitar. Algo que sin duda, se ha demostrado, no tiene prioridad entre las administraciones que van y vienen. Ruby Pipes era americana y Claire Graves de origen inglés. Extrañas de países lejanos e historias desconocidas. Mujeres completas que compartieron sus historias de manera constante, a través de publicaciones en sus plataformas virtuales y libros titulados “Unrailed” y “Dear Stranger”, con páginas que le hablan a gente como tú y como yo, para inspirar y dejar en claro porqué seguir adelante vale la pena. Y no, no debe ser vista como una contradicción, ya que ahora sus libros siguen aquí y ellas no. Porque la guerra que se vive en las mentes y corazones de personas como ellas y como yo, es muchas veces así, aparentemente sin sentido. Porque nuestra voluntad de vivir es intensa, honesta y hambrienta, como la de un niño que quiere correr cuando apenas aprendió a dar el primer paso. Una voluntad que debido al fenómeno complejo determinado por múltiples factores de la enfermedad mental, va cansándose de a poco cuando ésta se va haciendo más y más fuerte. Y no. Salir adelante no depende de un estúpido e ignorante “échale ganas”, porque si algo hacemos con todas nuestras fuerzas es precisamente eso, aunque a muchos no les parezca suficiente. Porque estar deprimido no es lo mismo que estar triste. Al igual que tener un trastorno alimenticio como anorexia o bulimia, no es un capricho por estar delgado. Se tiene que dejar de tratar a las enfermedades mentales como un secreto sucio del que no podemos hablar. La depresión está matando gente. El silencio está matando gente. El pensar en Claire, me hizo recordar a Ruby, y a un centenar de mujeres y hombres que considero parte de mi familia virtual con los que puedo acercarme para conversar en los momentos más difíciles. Me niego a guardar silencio y permitir que sus muertes se desvanezcan, aún hoy que ha pasado casi una semana desde que comencé a escribir este texto desahogando la frustración que me invade cuando alguien, ya sea un amigo, familiar o simple conocido tacha de loco, raro o poseído a otra persona que está sufriendo. Nada justifica tal crueldad, ni siquiera su propia ignorancia. Pensar antes de hablar, y si no se sabe del tema, cerrar la boca, ¿acaso es tan difícil? De vez en cuando, nos enteramos de historias en las noticias sobre celebridades que se suicidan. Frecuentemente en actos etiquetados como una sobredosis accidental, seguidas de una vaga declaración sobre una “compleja y larga historia de enfermedad mental”. Sin embargo, parece que todos evitamos enfocarnos demasiado en el tema. El elefante gigante se sienta ahí en nuestra habitación, mientras simulamos su ausencia, permitiendo que su olor fétido e insoportable se quede e instale como algo normal, por días, meses y años hasta que un miembro de la familia decida señalarlo y romper el silencio. El hecho es que hay gente que está muriendo a causa de las enfermedades mentales. Una verdad agonizante e insoportable. Hay gente está luchando en silencio porque hay otra parte que los ha hecho temerosos para alzar la voz. El terror de ser etiquetados o vistos como débiles, es el resultado de un largo periodo de descuido y estigmatización. Por lo que alzar la voz siempre puede salvar una vida de personas que son amadas, apreciadas y adoradas, incluso si ellas mismas no pueden verlo. Aquí les hablo de dos. Ruby Pipes y Claire Greaves, pero existen padres, hermanos, socios, hijos, amigos y hasta nuestros propios compañeros de trabajo que al día de mañana pueden no estar. ¿Cuántos cadáveres más estamos dispuestos a sacrificar por evitar tener una conversación incómoda?

Sin-Verguenza

Las autolesiones constituyen una droga de primera.

Y antes de promover la volatilización de las mentes más morbosas, debo decir que son una experiencia motivada por diversos, complicados, complejísimos y personales procesos. En mi caso, las conocí cuando todo en mi vida dolía, me pareció una buena idea intentarlo, de hecho me han acompañado desde entonces, pero empeoró al salir del hospital psiquiátrico.

¿Pueden imaginarlo? ¿Qué una chica introvertida recién diagnosticada con distintos padecimientos, (que a estas alturas me parecen más cascabeles colgando sobre mí para sonar cada que me muevo bruscamente para finalmente volverme loca), que al salir del hospital tras mi internamiento voluntario, esto significó inicialmente un cheque en blanco para el caos orillándome descontroladamente a perderme en toda clase de abuso por mi falta de autocontrol, pueda decir que las autolesiones la ayudaron a sobrevivir?

Aunque parezca contradictorio así fue, me brindaron por mucho tiempo el subidón de endorfinas suficientes para continuar una hora, un momento, tan sólo un día más, ¡y de manera inmediata! Sin terapia, sin testigos, ni cómplices más que la cuchilla, el cuarto de baño y yo, sin efectos secundarios negativos (afortunadamente para mí cuando lo hice bien).

Buenos amigos que acudían a mí prácticamente cuando lo deseara, la vía de escape ideal que hubiera sido perfecta sin la rabia visceral de autodesprecio que la motivaba y el acto obvio del daño. Fuera de eso las auto lesiones son una fuente infinita de alivio y expresión de odio hacia uno mismo y el mundo, personalmente recuerdo pensar y sentir que era maravilloso poder gritarle al mundo el dolor que vivía sin hacerlo en voz alta. Fantástico, sublime, pero me estaba llevando a mi misma en el proceso.

Cada vez era más profundo el corte, los motivos eran distintos, pero el dolor era el mismo, por eso para mí, querer detener las auto lesiones y considerarlas algo malo, es una batalla que perdí mil veces, tan sólo la culpa era el motor principal que echaba a andar los engranes.

Inclusive las charlas bienintencionadas de amigos y familiares eran inútiles ante tremenda recompensa que obtenía de las cuchillas y navajas escondidas en mi habitación. Lo único que lograban y logran al día de hoy es encadenar mi historia al yugo de su incomprensión, porque las auto lesiones no son un reflejo exacto de ideación suicida ni de significar una amenaza para los demás, eso son sólo un puñado de prejuicios tratando de explicar la realidad lacerante de un gran número de vidas al que ya no me siento avergonzada de pertenecer.

Pero recientemente encontré un remedio, una herramienta tecnológica que se ha vuelto mi aliada para enfrentar la raíz del iceberg que son las auto lesiones y mi mayor dolor de cabeza… las emociones negativas. Se llama “Calm Harm” y es una aplicación móvil que se puede descargar en la tablet y el celular, que no únicamente ha sido un salvavidas para mí cuando la impulsividad golpea tan fuerte que no me queda más que cerrar los ojos con la ilusión de que desaparezca al abrirlos, sino también cuando la ansiedad me agobia hasta el límite de la cordura.

Hace un par de semanas, en un episodio de impulsividad motivado por sentirme una gran mierda tras romper con mi pareja y enterarme de su constante asecho, me encontré con esta herramienta por una casualidad y me ayudó a continuar limpia de cortes. Calm Harm es una aplicación británica diseñada para ayudar a personas de todas las edades a lidiar con las autolesiones que yo llamo “my bloody friend”.

Funciona a través de sugerencias, un temporizador y comentarios sobre cómo manejar la urgencia de manera, sana y segura, sin el aplazamiento sucio y cotidiano del desmoronamiento que aterra, sí, pero siempre necesario hecho de sentir. Es una herramienta que básicamente cualquier persona puede utilizar inclusive para manejar el estrés, pero en especial está enfocada para alguien que batalle continuamente con las autolesiones, la impulsividad y el poco control de las emociones.

La aplicación ofrece cuatro tipos de actividades para surfear la urgencia de autolesionarte como si estuvieras en una tabla de surf: Relajación, Distracción, Expresión y Liberación, además de la opción aleatoria y ejercicios de respiración. Un ejemplo es nombrar todas las canciones que conozcas que empiecen con la letra A, o apretar cubos de hielo con las manos, actos sencillos pero sumamente retadores para toda persona que ya no encuentra otra manera de seguir sin quemar, mutilar o dañar su integridad física.

Si te interesa puedes descargarla directamente de Play Store o App Store, es gratuita y puede significar la diferencia en el camino de tu recuperación o de alguien que amas.

Real

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Hay momentos en los que me siento insegura acerca del camino que estoy tomando. Momentos en los que dudo de mis decisiones, habilidades, mi belleza, mi valor. Hay una voz dentro de mi cabeza que surge de vez en cuando y me grita “No deberías trabajar en esto, es una pérdida de tiempo” o “No puedes hacer yoga” o “No eres buena escritora”, “Estás loca” o “Estás gorda”, “No eres bonita”, “No eres lo suficientemente talentosa.” Escucho esta voz, cada vez. Cuando me identifico con ella, mi mundo entero se colapsa. Empiezo a compararme con otras personas y alimento esa voz “Sí, debería ejercer mi carrera” “Sí, puedo ser más delgada. Más linda. Ser mejor en mi práctica yogica. Escribir mejores columnas. Ser más exitosa.” Sólo con el pensamiento,  minimizo todo mi ser. Mi mente gira en una espiral de devaluación seguida de mis emociones.

En este punto, tomo mi celular. Me siento tan insoportable que necesito una distracción. ¿Qué mejor forma de distraerme de tantos juicios que en las redes sociales? Entonces comienzo a navegar y navegar. Todas las chicas son tan delgadas. Visten ropa fabulosa, zapatos tan coloridos. Mis amigos de la universidad tienen trabajos estables en empresas conocidas. Viajan. Y yo, estoy aquí, en mi sillón comiendo palomitas, trabajando en mi sueño, buscando la forma de hacerlo crecer. Cuando mi mente se va y empieza a buscar soluciones a mi pronunciada devaluación personal. “Tal vés debería ponerme a dieta, comer menos, vomitar más. Inmediatamente perder unos cuantos kilos. Cambiar mi guardaropa. Maquillarme. Renunciar a mi proyecto y trabajar por los sueños de alguien más. Ir a mi techo y tomar unas cuantas fotos hermosas y decirle al mundo lo bien que la estoy pasando, ya saben. Casual. Eso me hará sentir fabulosa.”

Pero no. Estoy tan harta de que mi mente esté diciéndome “Si haces X Y y Z serás más feliz. Si cambias, si mejoras, valdrás más.” Eso es mierda. Definitivamente odio las dietas, son una completa tortura, además la obsesión con mi peso sólo me ha traído problemas. Me gusto con y sin maquillaje. Creo en mi trabajo y confío en él. Quiero quedarme como estoy, con mis leggins, mis botas y blusas negras y quiero amarme. En este momento. Ahora. No después, no en un futuro imaginario que nunca llega. Aquí. Quiero un amor personal sólido, inquebrantable, al que no le importe la voz de mi cabeza.

La urgencia para dejar este círculo destructivo es tan fuerte que me levanto y voy afuera. El sol se está ocultando. El cielo está lleno de colores púrpuras, rosas, naranjas y amarillos. Mi perro se acerca a mí y me pide una caricia. Todo lo que necesito para sacudirme esa voz es esto. Estos colores. El cielo. Mi perro. Esto es real. Mi vida que es hermosa, por cierto, es real. Real. La neurotica y absurda voz dentro de mi cabeza que me dice que no soy suficiente no es real. En lo más mínimo. Ni siquiera un poco.

Entonces. ¿Por qué darle atención? El segundo en el que paro de alimentarla con mi atención, se detiene. Llega el silencio, y con él, la comprensión de que todo es perfecto. Que no soy perfecta y eso es perfecto. Que soy hermosa e inteligente y tan valiosa. Y sé, que esas chicas y chicos en Instagram y Facebook también lo son. Todos sentimos dolor y algunos de nosotros estamos tratando fuertemente de cubrirlo con cosas superficiales como parecer perfectos, demostrar la mejor vida y conseguir la mayoría de likes en las redes sociales. Pero al final, no hay nadie que se nos compare. Sólo estás tú. Sólo estoy yo. Este momento. Este sorprendente cielo y la elección de estar aquí. Para no desaparecer en la falsa realidad que la mente crea. Para estar aquí. Vivos. Despiertos.

¿Qué puede ser más importante que esto?

Chatarra

chatarra

En la práctica de atención plena (mindfullness) estoy aprendiendo a cómo poner atención. Observar hacia dónde van mis pensamientos y traerlos de regreso a donde estoy tratando de enfocarme. Semillas de girasoles flotando en el aire, bailando inconscientes.

No debo emitir juicios acerca de hacia donde decide ir mi mente. Es interesante. Es algo valioso para prestarle atención. Pero nunca hay “nada malo” con lo que estoy pensando. No existe una dirección supuesta a la cual dirigirme. Mi mente hace lo que hace y yo sólo tengo que dejarla. Traerla de regreso con la respiración. Tranquilidad de nuevo en mi centro de atención. Intento no enfadarme o frustrarme con su comportamiento cuando navega sin mí. Nada de eso tiene que significar algo. No tiene que suponer un peso sobre mis hombros. No tiene que cambiar nada de mí. Es lo que es y eso es todo lo que tiene que ser.

“Eso es interesante. Estoy sorprendida que hayas decidido ir hacia allá. Vamos, regresa ahora.”

Sin mi práctica de mindfullness, sin embargo, las cosas son distintas, siempre hay juicios. Odio las conclusiones a las que llego. Me atrapo a mí misma yendo a lugares a los que no quiero ir y siento que no puedo detenerme. Me parece que no puedo encontrar el camino de regreso. Cayendo a toda velocidad por los acantilados, junto con las rocas debajo de mis pies. Sin nada para agarrarme. Nada que me detenga. Estoy tan enojada con mi pobre equilibrio que no se me ocurre decidir detenerme. No tiene que haber una fuerza externa que me detenga. Es sólo otra oportunidad para practicar, para ejecutar mi estrategia. No es cambiar lo que pienso todo el tiempo. Se trata de elegir cuales cosas yo quiero seguir pensando o no. Puedo ver miles de senderos diferentes todo el día, pero no tengo que seguirlos todos. No todas son historias que necesitan ser dichas. No todas encierran sabiduría.

La mayoría de ellas no.

Los pensamientos que tienen mayor impacto, los que construyen algo. Todos ellos los conozco. Pero ellos esperan. Permanecen latentes esperando el momento en el que los demás pensamientos estén quietos, seguro ya me han asustado lo suficiente. Insignificantemente suficiente. Me han llenado de duda e ira. Infectándome lo suficiente para salpicar las raíces y poseer el árbol completo. Impidiéndome crecer. Cambiar. Estancándome. No creo que esos pensamientos tengan malas intenciones. Ellos duelen. Son íntimos de mis fragilidades y quieren asegurarse de que yo no esté cómoda cerca de los bordes. Si siempre mantengo la expectativa de que todo dolerá entonces no habrá sorpresas. La aguja que observo cerca de mi piel siempre dolerá menos que aquella que toque por accidente. Ellos saben que sé, entonces pueden tomar un descanso. Y yo recobro fuerzas. Mantendré mi corazón cerrado y mis ojos bien abiertos en su ausencia.

Ahí es cuando puedo escuchar los otros pensamientos. Los útiles. Los que valen la pena. Los pensamientos que explican de dónde vienen los otros. Esos pensamientos tímidos con la voz de mi joven yo. De mi yo que aún no ha sido superado con la idea de que las cosas son como son. Siempre han sido. Siempre serán. Esos minúsculos pensamientos. La peligrosa pelea para ganar suficiente volumen. Ellos quieren que los escuche sobre todos los demás. Ellos quieren enredarme en la cinta de la esperanza, aún adherida a las fibras de mi corazón. Pensamientos que intentan decirme que tal vés, sólo tal vés yo estoy equivocada.

Hay bondad oculta en alguna parte de mí y no tengo que escuchar a lo largo del día las narraciones de mis pensamientos que me digan lo contrario. No tengo que creer que está escrito sobre piedra la idea de que estoy rota. Irreparable. Que mi valor está fragmentado.

No soy un ser humano chatarra. Esos pensamientos quieren que sea consciente de eso. Les quiero creer.

Derrumbe

avalancha

Contuve la respiración todo el camino a casa, caminé hasta el dormitorio y colapsé sobre la cama. El dolor vino hacia mí como olas y traté de surfearlas. Traté de calmar mi respiración. Me dije “Di algo bonito o piensa en una cosa buena acerca de tí.”

Encorvada hacia un lado, me acurruqué abrazando mis rodillas y sollozé. “No puedo. No puedo.” Sólo una de estas noches. Uno de estos días. Empecé a revisar mi lista de contactos de emergencia. Practicando decir las palabras “Necesito que me lleves al hospital”, en voz baja.

Imaginé que alguien entraba en la habitación cuando empecé a hiperventilarme. Que me abrazaba y me llevaba a su pecho. Inmovilizada, me tranquilicé.

“Estoy intentando. Estoy intentando. Estoy intentando con todas mis mslditas fuerzas y no siento que algo esté cambiando. Y no puedo vivir así. ”

Mis palabras se estrellaron sobre mí.  Señalaron a mi agotamiento, a la duda de mi misma. Me dijeron la verdad sobre cómome he estado percibiendo ultimamente. Dividido entre cómo me he estado sintiendo y cómo quiero sentir. Logicamente, sé que soy una buena persona que está trabajando duro. Emocionalmente, me siento como un desperdicio de espacio que no merece nada precioso.

“Yo sólo… me odio a mi misma.”

Y no creo haberlo admitido antes ante alguien. Quería bofetear mis palabras fuera de mi boca. Supe lo hirientes que fueron. Pero no supe cómo decir algo diferente. Era lo único que parecía tener significado.

No dí marcha atrás, aunque quería. Quería dar excusas sobre haber sido especialmente dramática. Pero eso no hubiera sido cierto. Lo dije. Lo sentía.

Pero no todo el tiempo.

Algunas veces siento que valgo el trabajo. La mayoría de las veces sé que hago cosas buenas. Y eso es lo importante de recordar. Cuando mis uñas se clavaban en las palmas de mis manos. Tengo que aprender a recordar que no siempre es así.

Usualmente no es así. Aunque ultimamente así es.