Perdonar y confiar.

Nunca ha sido fácil decir que en mi vida a menudo atravecé períodos de desempleo debido a mis problemas recurrentes debido a la depresión y a mi trastorno límite de personalidad, mucho menos aceptar que en muchas de esas ocaciones contribuí debido a mis acciones de autosabotaje, (pero ese es otro tema que abordaré en otro post próximamente).

A veces, estas épocas desempleadas llegaron a durar desde varias semanas hasta un par de meses. De cualquier manera, mi cuenta bancaria se agotaba y me encuentraba en la misma situación que todos los demás: necesitando dinero desesperadamente. En un principio ni era tan problemático ya que aún vivía en casa de mis padres, quienes amorosamente siempre estuvieron ahí para tenderme su mano y apoyo incondicional. Incluyendo aquél tiempo hace cinco años en el que era maestra de español en una secundaria privada, y en el que comenzó mi camino hacia mi recuperación de una condición que no sabía que tenía, mi TLP.

En mis tiempos de desempleo, recuerdo que había muchas cosas a considerar cuando navegaba en línea a través de los diferentes portales de trabajo para decidir postularme a una vacante: las horas, la carga de trabajo, las vacaciones, los salarios, la ubicación, la cantidad de interacción social, etc.

Cuando era recién egresada de mi licenciatura, en aquellos momentos en los que nadie quería contratarme por mi falta de experiencia el hecho de buscar una opción laboral era realmente abrumador, años después supe que es aún más difícil de hacer cuando tu salud está mermada por una enfermedad mental.

No olvido que la mayoría de las descripciones de puestos o anuncios contenían una lista de responsabilidades y especificaciones con frases como “saludar alegremente a los clientes”, “sonreír” o “buscamos personas con talento”, condicionantes que significaron una pesadilla cuando salí de mi internamiento psiquiátrico después de haber renunciado a mi trabajo de docente, ya que no pensaba en mí misma como una persona con esas cualidades, me era imposible hacer esas cosas, “saludar felizmente a los clientes”, “sonreír”, “trabajar bajo presión” o creer siquiera que tenía talento.

La sola posibilidad de volver a forzarme a estar bien durante ocho horas al día era suficiente para llorar y jurarme que era una inútil e inservible para ejercer un trabajo por más sencillo que éste se describiese en las vacantes.

Las búsquedas de empleo se volvieron con el tiempo cada vez más difíciles y desalentadoras. Me agotaba la poca energía que tenía. Me frustraba tanto conmigo al ver como mi currículum estaba “manchado” por ausentismos debido a mis renuncias motivadas por la depresión.

Yo misma sin saberlo en ese entonces alimenté mi situación con la culpa, llevándome al círculo de la depresión, la autodevaluación y la ansiedad.

Ver todas las cosas que según yo nunca podría ser, fue sumamente perjudicial para mi autoestima, porque mi voz interna me bastaba para empezaba a decirme que no debería molestarme en intentarlo. No era cada descripción de trabajo, el problema era que no me perdonaba, que no aceptaba a mi TLP, ni a mi historia. El enojo y mi poco autovalor me hundía más y más. Porque gracias a ello, no me creía capaz de hacer todas las tareas que leía en los portales y en las empresas.

Estaba en la inevitable espiral: ningún empleador me quería. Mis cualidades, conocimientos y habilidades no eran suficientes. Me decía a mi misma que no valía nada, que nunca conseguiría un trabajo decente.

Hoy sé que todo lo que me hago, todo lo que me digo y lo cruelmente que me juzgo en los periodos de desempleo es un error, una injusticia para mi propia vida: “Si tan solo hubiera hecho un máster. Si tan solo fuera mejor. Si tan solo no estuviera mentalmente enferma. Si tan sólo fuera perfecta”. Me he repetido eso una y otra vez en mi mente tantas veces, que aún hoy me cuesta trabajo no creerle a esas palabras.

A pesar de que logré ya hace tres años entrar a trabajar al Periódico Noticias, donde me ejercí profesionalmente durante los últimos dos años, hasta septiembre del 2018, que por motivos de desarrollo y crecimiento me ví forzada a buscar otras opciones, por primera vez sin encontrarse entre las razones mi salud mental.

Pero eso no me excentó a deprimirme nuevamente, ni a autodevaluarme, es por eso que escribo hoy mis experiencias con las épocas de desempleo, porque no puedo permitirme tirar a la basura todo lo que soy, por unos cuantos meses difíciles.

Afortunadamente hoy 29 de enero del 2019, comencé a trabajar en una empresa global de telecomunicaciones (con la que nunca jamás hubiera soñado) después de haber competido contra 80 personas. Después de todo, después de años, lo logré, y lo mejor es que es el comienzo.

No voy a permitir que mis dudas, ni mis inseguridades que me asaltan como ¿Soy realmente lo suficientemente buena? o ¿Realmente puedo hacer este trabajo?, me quiten lo que yo solita he conquistado, y es que mi historia está llena de algunas veces en las que pasé por alto grandes oportunidades porque no creía que fuera buena como para hacerlo. Incluso si esa oportunidad me hubiera llevado a la carrera de mis sueños, estaba demasiado asustada y no creía que fuera capaz.

Bueno, quizás también tú que me lees hayas perdido algunas oportunidades, es por eso que estoy aquí para decirte que no puedes dejar que tu falta de confianza te obstaculice.

Ya sea que estés buscando un trabajo para ayudar a pagar el alquiler, comiences desde cero en un lugar nuevo o quieras comenzar a perseguir tus sueños, no puedes permitir que ese bully de tu cabeza te detenga.

Todos comenzamos en diferentes lugares para construir nuestras carreras. No hay nada de qué avergonzarse si estás en la parte inferior y avanzas hacia arriba. No hay nada de qué avergonzarse si lo estás intentando por enécima vez. Está bien volver a empezar. Lo valioso es que lo estás intentando, reaprendiendo, trabajando por ser mejor y más saludable.

El dinero es importante y solicitar un nuevo trabajo siempre da miedo. Creeme lo se. Pero ha habido ocasiones en las que probé que mi depresión y mi trastorno estaban equivocados y que yo era más que capaz de realizar mi trabajo y todo terminó bien. Es por eso que me recordaré esto cuando vuelvo a dudar. Puedo hacer esto. Sé que tú también.

Le amo, pero…

En estos últimos meses han sucedido tantas cosas, que a veces mi cabeza parece girar sin mí o al menos conmigo ausente. Y no, no es algo de lo que pueda declararme fan. No me gusta porque duele. Especialmente me siento como una adolescente que ha dejado de ver a sus padres como super héroes, y ahora los visualiza como seres con inmensos defectos, de los cuales hay una que me afecta especialmente: su sobreprotección.

Sé que han pasado cosas que encendieron una dinámica enferma entre nosotros, porque ningún padre se recupera tan fácilmente del intento del suicidio de un hijo, o en este caso, de una hija.

Quiero hablar de mí y de mi relación con ellos, especialmente con mi padre, no de ellos con mi hermana, ella tendrá su propia historia.

Honestamente me parte el corazón pensar en darle voz a todo lo que se encuentra encendido en mi corazón en estos momentos, especialmente porque lo amo tanto, pero hay tantas cosas que no me gustan, me muero de miedo y de culpa al estar escribiendo cada palabra. Desde que salí del hospital tras mi primer intento de suicidio, mi padre ha sido extremadamente sobreprotector.

Pero esto no fue un problema sino hasta que comencé a sentirme un poco más fuerte para afrontar con las consecuencias del atentado hacia mi vida, porque por ejemplo nunca podía salir tarde, dormir en la casa de mis amigos, ir a una fiesta, ni siquiera ver una película después de las 11:00 pm, sin que estuviera sobre mí todo el tiempo, llamándome, o llegando sorpresivamente a donde estuviera. La alarma seguía estando encendida, aunque yo ya no estuviera en peligro y esto me hizo una cómplice de la dinámica, porque aunque me duela aceptarlo, yo alimenté ese círculo.

Volviendo hacia atrás, y observando las cosas que me llevaron a intentar suicidarme, es inevitable recordar las circunstancias y las personas que (aunque no culpo, influyeron directamente en mi decisión).

Para empezar, yo era una joven que carecía de un amor propio y vivía en un estado de inseguridad permanente, que si bien en un principio fue por la falta de una seguridad emocional brindada por crecer en un hogar alcohólico, cuando llegó el momento de convertirme en una adulta, honestamente no hice mucho por serlo, siendo irresponsable por mi propia vida y mi propia salud. Entonces, llegado el momento de conocer a quien fuera la primera pareja seria de mi vida, no podía esperar que la relación fuera madura, debido a que yo no lo era para nada.

Era una niña asustada, voluble, poco amada por mi misma y con poco autoestima, encerrada en el cuerpo de una mujer de 23 años.

Mis padres generalmente no dejan que la gente con la que yo salgo, entre a sus vidas facilmente, pero a él lo dejaron entrar, no por él, sino por mí. Desafortunadamente, esa relación se covirtió en una condena.

Fue una persona extremadamente abusiva. Financiera y emocionalmente nunca estuvo ahí para mí.

Estuvimos viviendo juntos por más de 10 meses, hasta que finalmente un día no pude más e ingerí pastillas con la intención de morirme, afortunadamente sin éxito.

Aunque no fue inmediato, después de varios días decidí romper con él y mudarme.

Como una crónica de una ruptura anunciada, mis papás me recibieron de vuelta. Hoy sé que era necesario, ellos eran mi red de apoyo. Me abrieron las puertas de su casa sin muchas preguntas, me salvaron y siempre estaré agradecida, pero hoy, cinco años después, por momentos pareciera que aun estamos en aquellos meses después de la ruptura.

No hay día que no me llamen, e incluso que mi padre toque la puerta de mi casa para ver como estoy o incluso ¡para despertarme! Que infierno. Cabe aclarar que ya no vivo en su misma casa y eso lo hace aun más monstruoso.

A mis 30 años recien cumplidos, compartiendo mi vida con una nueva persona que amo con todo mi corazón, ya es hora de que renegocíe mi relación con mis padres.

Entiendo completamente que ellos quieren lo mejor para mí y no quieren que yo, o incluso ellos mismos se vean perjudicados por otra ruptura. Lo que aún no entienden es que mantenerme dependiente me impide llegar a mi edad adulta. Y me duele saber que parece que sigo cooperando con eso.

Quiero mi independencia. Y se que el paso uno, es decir salirme de su casa, fue un avance, pero aun sigo permitiendo cosas que a estas alturas ya no deberían siquiera considerarse y eso me llena de rabia, porque no he hecho nada para detenerlas.

Me llena de culpa querer muy en el fondo que se alejen un poco de mí, que me dejen respirar, que me dejen caer y levamtarme sola.

Aún soy borderline, y lo seré siempre.

Aún hay ocasiones en las que tengo ganas de hacerme daño y me asaltan los pensamientos suicidas.

Pero eso no quiere decir que sigo corriendo el mismo riesgo.

Ya tengo herramientas para enfrentar mi enfermedad, pero parece que ellos no lo entienden.

Al final del día solo espero que su amor por mí sea lo suficientemente fuerte como para tolerar que me convierta en un adulto.

Los sí y los no.

-“¿Qué te pasó?”
-“¿Qué hiciste?”
-“¿No te sientes incómoda al ver cómo la gente mira tus cicatrices?”
Todos estos comentarios han sido pronunciados por amigos, familiares y extraños en referencia a las diferentes cicatrices que cubren mis brazos y muñecas, aunque no sólo eso, ya que muchos únicamente se han limitado a lanzarme miradas fijas a los distintos cortes, mientras hablamos de temas completamente ajenos a mi experiencia con las autolesiones. Aunque no recuerdo la primera vez que lastimé mi cuerpo de diferentes formas, incluyendo tirar de mi cabello con fuerza, o golpear la pared con el puño cerrado, no olvido la primera vez que pasé una navaja sobre mi piel. Tenía 25 años, y rápidamente aprendí que lo mejor para evitar que mis padres me descubrieran era cubrir mis brazos usando siempre prendas de manga larga, sin importar el clima o la estación del año en la que me encontrara. Ahora, tres años después, he dejado de cubrir mis cicatrices, las cuales sobresalen de mi piel principalmente en mi brazo izquierdo a pesar de los tatuajes. Ya no siento vergüenza cuando un extraño comenta. Entiendo que me lesioné durante mucho tiempo porque estoy enferma de la misma manera que una persona con diabetes o leucemia está enferma. Mi cerebro está marcado por un desorden epiléptico en el lóbulo temporal que genera un desorden en el control de mis emociones, además del trastorno límite de personalidad y la autolesión era un síntoma de esos desórdenes; un síntoma que ha ido mejorando con el tratamiento a pesar de que su historia ha quedado mapeada en ambas extremidades. Pero algo que la gente no ha entendido es que no pido atención cada que me ven usando una prenda sin mangas; tampoco quiero responder preguntas intrusivas sobre mi vida o tolerar la curiosidad de extraños. No es necesario anunciar su reacción a las cicatrices de autolesión de cualquier persona más de lo que deben anunciar el desagrado del corte de pelo de un compañero de trabajo. Es por eso que si conocen a alguien con cicatrices y se preguntan “¿qué demonios debo decir o hacer?”, revísense primero. ¿Están incómodos? ¿Curiosos? ¿Horrorizados? ¿Por qué? Esos son sus pensamientos y emociones, no los de la otra persona. Enfóquense en eso y mantengan la boca cerrada. Porque incluso decirle a las personas que son “bellas”, “valientes” o “inspiradoras” a causa de sus cicatrices no es apropiado. Por favor piensen en cómo podrían tratar a alguien en una silla de ruedas: algunas personas con diferencias visibles en sus cuerpos pueden encontrar que esas palabras son positivas, pero a mí y a muchos otros no les gusta que nuestra diferencia sea arrastrada al romanticismo de nuestra condición, a menos que… Alguien que conoces tenga cortes recientes, ya que es comprensible que se preocupen, especialmente cuando la persona es alguien por quien se sienten responsables, un niño al que cuida, un estudiante, una sobrina, sobrino, hijo, etc. y aun así, se debe hacer en privado, para hacerles que están preocupados por su seguridad, brindándoles la oportunidad de confiar en el acercamiento. Si la persona es menor de edad, se debe hacerles saber que deberán informarle a un adulto responsable de su vida, como el padre o el consejero escolar, no sin antes darles la oportunidad de contarle a un adulto por su cuenta. En cambio si la persona con lesiones recientes es un adulto, hay que preguntarle delicadamente y en privado, sólo para asegurarse de que están seguros. No hay que olvidar las reglas de oro que son: No Juzgar. No Castigar y No Exaltarse.
También existe la excepción cuando la persona con cicatrices es alguien a quien se le conoce bien o se le ama, sintiendo curiosidad por su experiencia de vida. Antes de hacer cualquier pregunta, hay que cerciorarse de estar abierto para escuchar acerca de su experiencia, ya que lo que escuchará realmente podría entristecerlos, impresionarlos o confundirlos. Tengan en cuenta que la autolesión puede ser un tema muy delicado e incluso alguien que está abierto a otros aspectos de su vida puede no querer hablar de ello. Hay que preguntar a la persona acerca de sus cicatrices individualmente, no una comida familiar o reunión con los amigos. Hay que expresar las dudas de tal manera que quede claro que se desea respetar los límites que ponga la persona. Un ejemplo: “Me he dado cuenta de que tienes algunas cicatrices, y tengo curiosidad acerca de tu historia. Si no quieres hablar de eso, está bien, pero si lo haces, me gustaría escucharlo”. No hay que olvidar que las cicatrices no cuentan historias por sí solas, ellas son huellas en personas y existen por miles de razones diferentes. Le corresponde a las personas decidir si contar o no esas, así como el cuándo, el cómo y a quién.

Sólo Basta un Segundo

Hoy supe de la muerte de Claire Greaves, una joven que no superaba los 25 años de edad. Una guerrera que batalló la mayor parte del tiempo para sobrevivir a la anorexia, la inestabilidad emocional y un trastorno de personalidad. Me inspiró en los días que no podía seguir adelante. Yo visitaba su cuenta de Instagram y la veía continuar, aferrarse a la vida e inspirar a otros. Los últimos meses la incertidumbre llegó para la comunidad virtual que la consideraba parte de su familia en el camino de la recuperación. Fue ingresada a un hospital en Reino Unido y aislada de las redes sociales para ayudarla a recuperarse. Vi reaccionar a muchos con enfado a la decisión de los médicos, expresarse en contra, mientras yo solo pensaba “ojalá sea por su bien”. Si algo sé, es que los medios digitales son un arma de doble filo. Hace algunos años yo era una gran entusiasta del poder de la web –aún lo soy- pero el desencanto no ha pasado desapercibido en mi espíritu bloguero, puesto que con todo y su poder transformador, a veces el Internet se comporta como elemento esencial de la trivialidad y portavoz de los grandes problemas que tiene la cultura moderna. Como lo son los blogs y cuentas en redes sociales que lejos de ser promotores de la esperanza para las personas que sufrimos de trastornos alimenticios y procuramos encontrar un equilibrio mental, perpetúan la enfermedad. Claire fue una víctima, si bien lo fue de su propia mente que estaba apoderada de unas hijas de puta llamadas depresión y anorexia, también lo fue de un sistema de salud deficiente, y el uso perverso que se ha hecho de sitios innumerables en Internet casi imposibles de controlar. No, si me preguntan nunca la conocí en persona. Sí, hubiera sido un honor. Ella y yo compartíamos más que una pasión, entre ellas, la escritura en pro de la salud mental. Y no. No puedo acercarme en lo más mínimo al dolor que su familia está sufriendo en estos momentos. Pero sí a la frustración y rabia que significa perder a una persona por un monstruo que arrebata de la manera más cruel la vida de un ser querido. Y lo sé porque he estado ahí, sintiendo que no valgo nada en absoluto, ni siquiera el aliento. He estado destruyéndome por más de diez años creyendo que es lo correcto. Sé que muchos pueden pensar que no hay responsable. Que es una lástima, Que se hizo todo lo posible. Pero ¿en realidad así fue? No hablo solo de Claire, hablo de ella, de Ruby Pipes y de millones de personas que están sufriendo en este momento. Que están llorando en un rincón de su habitación sin nadie más. Hablo de los hombres, mujeres, jóvenes y niños que caminan junto a nosotros pensando que estarían mejor si estuvieran muertos. Y ni hablar de los olvidados. De aquellos personajes que todos vemos en las calles y esquivamos con la mirada porque la pobreza y la locura son difíciles de ver. Los indigentes, vagabundos, esos locos extraños. Hablo de mí, Shareny, que he perdido el sentido de vida más de una vez. Que encuentro en la autolesión y el hambre un modo de evitar el suicidio. ¿De verdad estamos cuando alguien más nos necesita? ¿De verdad el sistema de salud procura el bienestar integral más allá del discurso y la simulación jurídica? Con Claire suman dos mujeres increíbles que la depresión me ha arrebatado y le ha arrebatado al mundo. Mi corazón no ha sabido qué hacer. Mi primera reacción fue gritar. Más tarde llegó la furia. ¿Por qué ella? ¿Por qué una de las personas que más me inspiraban y tocaban mi corazón? Después me cerré. Nada importaba. Ni siquiera el dolor. Pero era mentira. Sí que importaba. Tanto que necesité del poder sanador de la palabra, sacarlo de mí y concluir diciendo que pude ser yo. ¿Es justo? No. jamás lo es. No me alegro. No me da calma. No me hace sentir bien el verme a salvo y ellas muertas. Un segundo. Solo eso basta para ser la diferencia. Mi padre me preguntó que tenía. “¿Por qué estás lejana y pensativa?” Susurró mirándome profundamente con sus ojos de cristal. Pronuncié su nombre. Le mostré una foto. “Era apenas una niña” dijo, lamentándose con los movimientos de su cabeza. “Y yo una mujer”, pensé. ¿Cuál es la diferencia? ¿Que yo a mi 29 años ya debería tener todo resuelto? No lo tengo. Al acostarme cada noche me lamento por no tener una cuchilla a la mano y rebanar mi muñeca en dos. No soy la misma que hace tres años, fecha de mi último intento de suicidio. No. No lo soy. Pero aún continúo luchando por mi vida. Cada día es una batalla que –si no estoy alerta- puedo perder. Solo basta un segundo para darse por vencido. Para escuchar el susurro maldito de la enfermedad mental. ¡Sí puritano de mierda! ¡De la enfermedad mental! ¿Eso qué te hace sentir? ¿Repulsión? ¿Falso orgullo por ti mismo? Yo no siento vergüenza. Ya no. Solía ocultar mis cicatrices por la autolesión, pero no más. Ellas son cicatrices de mi propia guerra. Sigo aquí. Pero quizá más dolida de lo que debería. ¿Todo esto podría evitarse? Tal vez. Hay veces que me exijo demasiado, lo sé. Me culpo y me vuelvo mi peor enemiga. Pierdo la noción de lo que soy –o no- capaz de hacer. La realidad se vuelve un sueño en el que creo prudente apostar mi vida. Solo un corte más. Con más fuerza. Un vómito más. Une comida menos. ¿Deben los profesionales de la salud ignorarnos, internarnos o enviarnos a trabajar? Cada caso es distinto sin duda. “Usted señorita debe venir a la oficina si se siente triste. ¿Está estresada? El trabajo es la respuesta. ¿Está cansada? El trabajo es la respuesta. ¿Está deprimida? El trabajo es la respuesta”. Me dijo uno de los hombres que trabaja conmigo y que más respeto. ¿Quiso ayudar? Evidentemente. ¿Lo hizo? En lo absoluto. ¿Estaba preocupado? No lo sé. Pero hay veces que no es suficiente una buena voluntad. Esas veces en las que personas como Claire, Ruby y yo no vemos nada en nuestro futuro más allá de la desolación, errores en nuestro pasado y pesadillas en nuestro presente. La historia nos ha demostrado que el sistema de salud –público al menos- ha sido peor que deficiente y poco responsable para atender eficazmente a las necesidades de programas integrales en cuanto a psicología y psiquiatría se refiere. Hace poco menos de tres meses tuve una crisis por estrés y poco descanso. Mi psiquiatra, al que veo de manera privada, me diagnosticó principios de anemia y bajo rendimiento debido al desgaste por el estrés de los últimos meses, a lo que me recomendó descanso y ciertas vitaminas. Hasta ahí todo bien. Pero como en mi trabajo ninguna recomendación médica es válida sino proviene del equipo del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), tuve que hacer caso omiso de sus indicaciones y solicitar una cita en dicha institución para que cuando me atendieran –casi un mes después- me dijeran que no estaba mal desde “su punto de vista”. Esas indicaciones mal atendidas me ocasionaron, entre otros factores, una recaída a la remisión de la depresión que mi psiquiatra, además de mi psicóloga (también privada), comenzaron a tratarme desde hace tres años, cuando salí de mi hospitalización en el Instituto Nacional de Psiquiatría. Recaída que –aunque muchos no lo saben- me llevó a lesionarme nuevamente. Como ésta, tengo muchas vivencias que van más allá de un ejemplo caprichoso de una mujer que le huye a las responsabilidades. Mucho tiempo viví aterrada de lo que pudiera pasarme si se enteraran en mi lugar de trabajo que padezco de mi salud mental, avergonzada por los prejuicios de la estigmatización que aún en el siglo XXI existen alrededor de este tema, pero hoy quiero levantar la voz porque es injusto ser doblemente encarcelada y enjuiciada. Aun no entiendo muchas veces como es que sigo viva. Pero definitivamente estoy convencida de que no es ni por las políticas laborales en esta materia, ni por el Sistema de Salud Pública. A veces y por momentos parecen cómplices de nuestros propios fantasmas y verdugos. Como si lo que quisieran es llevarnos al límite, desvirtuando la veracidad del sufrimiento de una persona con padecimientos mentales a pesar de que lograr que la población conserve la salud mental, además de la salud física, depende, en gran parte, de la realización exitosa de acciones de salud pública, para prevenir, tratar y rehabilitar. Algo que sin duda, se ha demostrado, no tiene prioridad entre las administraciones que van y vienen. Ruby Pipes era americana y Claire Graves de origen inglés. Extrañas de países lejanos e historias desconocidas. Mujeres completas que compartieron sus historias de manera constante, a través de publicaciones en sus plataformas virtuales y libros titulados “Unrailed” y “Dear Stranger”, con páginas que le hablan a gente como tú y como yo, para inspirar y dejar en claro porqué seguir adelante vale la pena. Y no, no debe ser vista como una contradicción, ya que ahora sus libros siguen aquí y ellas no. Porque la guerra que se vive en las mentes y corazones de personas como ellas y como yo, es muchas veces así, aparentemente sin sentido. Porque nuestra voluntad de vivir es intensa, honesta y hambrienta, como la de un niño que quiere correr cuando apenas aprendió a dar el primer paso. Una voluntad que debido al fenómeno complejo determinado por múltiples factores de la enfermedad mental, va cansándose de a poco cuando ésta se va haciendo más y más fuerte. Y no. Salir adelante no depende de un estúpido e ignorante “échale ganas”, porque si algo hacemos con todas nuestras fuerzas es precisamente eso, aunque a muchos no les parezca suficiente. Porque estar deprimido no es lo mismo que estar triste. Al igual que tener un trastorno alimenticio como anorexia o bulimia, no es un capricho por estar delgado. Se tiene que dejar de tratar a las enfermedades mentales como un secreto sucio del que no podemos hablar. La depresión está matando gente. El silencio está matando gente. El pensar en Claire, me hizo recordar a Ruby, y a un centenar de mujeres y hombres que considero parte de mi familia virtual con los que puedo acercarme para conversar en los momentos más difíciles. Me niego a guardar silencio y permitir que sus muertes se desvanezcan, aún hoy que ha pasado casi una semana desde que comencé a escribir este texto desahogando la frustración que me invade cuando alguien, ya sea un amigo, familiar o simple conocido tacha de loco, raro o poseído a otra persona que está sufriendo. Nada justifica tal crueldad, ni siquiera su propia ignorancia. Pensar antes de hablar, y si no se sabe del tema, cerrar la boca, ¿acaso es tan difícil? De vez en cuando, nos enteramos de historias en las noticias sobre celebridades que se suicidan. Frecuentemente en actos etiquetados como una sobredosis accidental, seguidas de una vaga declaración sobre una “compleja y larga historia de enfermedad mental”. Sin embargo, parece que todos evitamos enfocarnos demasiado en el tema. El elefante gigante se sienta ahí en nuestra habitación, mientras simulamos su ausencia, permitiendo que su olor fétido e insoportable se quede e instale como algo normal, por días, meses y años hasta que un miembro de la familia decida señalarlo y romper el silencio. El hecho es que hay gente que está muriendo a causa de las enfermedades mentales. Una verdad agonizante e insoportable. Hay gente está luchando en silencio porque hay otra parte que los ha hecho temerosos para alzar la voz. El terror de ser etiquetados o vistos como débiles, es el resultado de un largo periodo de descuido y estigmatización. Por lo que alzar la voz siempre puede salvar una vida de personas que son amadas, apreciadas y adoradas, incluso si ellas mismas no pueden verlo. Aquí les hablo de dos. Ruby Pipes y Claire Greaves, pero existen padres, hermanos, socios, hijos, amigos y hasta nuestros propios compañeros de trabajo que al día de mañana pueden no estar. ¿Cuántos cadáveres más estamos dispuestos a sacrificar por evitar tener una conversación incómoda?

Ha vuelto.

¿Qué es lo que me ha mantenido con vida todos estos años?, sin duda el amor de mis seres queridos, la esperanza de un mundo interior tranquilo, en paz y la pasión por las cosas que al hacerlas aletean en mi pecho como miles de murcielagos inquietos al percibir el dulce aroma de la fruta. Pero vivir con depresión hace todo más dificil de lo ordinario, te vuelve un eco sin voz propia que resuena en las paredes de un vaso de cristal que al final indudablemente termina por romperse al igual que tu cordura. Se que todos tenemos un reto, un desafío que hace a la vida borbotear intensamente, pero la depresión no es uno de ellos. Esta hija de puta lo único que hace es privarte de todo aquello que dia a dia te mantiene motivado, secuestra tu capacidad de amar y sentirte amado. Un beso de mamá, un saludo de tu hermana, una bienvenida estrepitosamente juguetona de tu perro, y la cena preparada por papá como gesto del amor y cariño que sienten por ti.

La semana pasada vi a mi psiquiatra y después de que me evaluara con una serie de preguntas que te enfrentan a una verdad dolorosa, llegó a la conclusión de que otra vez estoy en depresión, “hija de puta” pensé, ¿cómo fue que pasó?. Desde hace unas semanas no estoy bien, es cierto, pero como desesperada me aferré a lo imposible para no volver a caer en su espiral de locura. Retomé la yoga, busqué a mis amigos, dibuje, fluí con mis emociones hasta hacer lo imposible para no dejar ni un segundo de sentirlas, seguí al pie de la letra mi tratamiento médico, arreglé mi cuarto, me abrí a la gente y ¿para qué?, “para nada”, dos palabras que a la fecha no dejan de girar a mi alrededor, no hay belleza, ni calidez, ni un sentido para seguir adelante.

Se que ya he estado aquí antes y que he salido victoriosa, pero simplemente el volver a este punto me hace odiar todo a mi alrededor y a mí misma. Ver gente sonreir y pasarla bien, disfrutando de lo bello que se que está afuera me hace desear estar muerta. La vida, la naturaleza, la sonrisa de un niño pequeño me matan de dolor. No puedo seguir adelante, no. Todo ha perdido su sabor y su brillo. Estoy cansada todo el dia. La comida sabe a nada. Lo bello ha dejado de serlo. Mi mundo está en ruinas y no puedo hacer nada para recuperarlo.

Sin-Verguenza

Las autolesiones constituyen una droga de primera.

Y antes de promover la volatilización de las mentes más morbosas, debo decir que son una experiencia motivada por diversos, complicados, complejísimos y personales procesos. En mi caso, las conocí cuando todo en mi vida dolía, me pareció una buena idea intentarlo, de hecho me han acompañado desde entonces, pero empeoró al salir del hospital psiquiátrico.

¿Pueden imaginarlo? ¿Qué una chica introvertida recién diagnosticada con distintos padecimientos, (que a estas alturas me parecen más cascabeles colgando sobre mí para sonar cada que me muevo bruscamente para finalmente volverme loca), que al salir del hospital tras mi internamiento voluntario, esto significó inicialmente un cheque en blanco para el caos orillándome descontroladamente a perderme en toda clase de abuso por mi falta de autocontrol, pueda decir que las autolesiones la ayudaron a sobrevivir?

Aunque parezca contradictorio así fue, me brindaron por mucho tiempo el subidón de endorfinas suficientes para continuar una hora, un momento, tan sólo un día más, ¡y de manera inmediata! Sin terapia, sin testigos, ni cómplices más que la cuchilla, el cuarto de baño y yo, sin efectos secundarios negativos (afortunadamente para mí cuando lo hice bien).

Buenos amigos que acudían a mí prácticamente cuando lo deseara, la vía de escape ideal que hubiera sido perfecta sin la rabia visceral de autodesprecio que la motivaba y el acto obvio del daño. Fuera de eso las auto lesiones son una fuente infinita de alivio y expresión de odio hacia uno mismo y el mundo, personalmente recuerdo pensar y sentir que era maravilloso poder gritarle al mundo el dolor que vivía sin hacerlo en voz alta. Fantástico, sublime, pero me estaba llevando a mi misma en el proceso.

Cada vez era más profundo el corte, los motivos eran distintos, pero el dolor era el mismo, por eso para mí, querer detener las auto lesiones y considerarlas algo malo, es una batalla que perdí mil veces, tan sólo la culpa era el motor principal que echaba a andar los engranes.

Inclusive las charlas bienintencionadas de amigos y familiares eran inútiles ante tremenda recompensa que obtenía de las cuchillas y navajas escondidas en mi habitación. Lo único que lograban y logran al día de hoy es encadenar mi historia al yugo de su incomprensión, porque las auto lesiones no son un reflejo exacto de ideación suicida ni de significar una amenaza para los demás, eso son sólo un puñado de prejuicios tratando de explicar la realidad lacerante de un gran número de vidas al que ya no me siento avergonzada de pertenecer.

Pero recientemente encontré un remedio, una herramienta tecnológica que se ha vuelto mi aliada para enfrentar la raíz del iceberg que son las auto lesiones y mi mayor dolor de cabeza… las emociones negativas. Se llama “Calm Harm” y es una aplicación móvil que se puede descargar en la tablet y el celular, que no únicamente ha sido un salvavidas para mí cuando la impulsividad golpea tan fuerte que no me queda más que cerrar los ojos con la ilusión de que desaparezca al abrirlos, sino también cuando la ansiedad me agobia hasta el límite de la cordura.

Hace un par de semanas, en un episodio de impulsividad motivado por sentirme una gran mierda tras romper con mi pareja y enterarme de su constante asecho, me encontré con esta herramienta por una casualidad y me ayudó a continuar limpia de cortes. Calm Harm es una aplicación británica diseñada para ayudar a personas de todas las edades a lidiar con las autolesiones que yo llamo “my bloody friend”.

Funciona a través de sugerencias, un temporizador y comentarios sobre cómo manejar la urgencia de manera, sana y segura, sin el aplazamiento sucio y cotidiano del desmoronamiento que aterra, sí, pero siempre necesario hecho de sentir. Es una herramienta que básicamente cualquier persona puede utilizar inclusive para manejar el estrés, pero en especial está enfocada para alguien que batalle continuamente con las autolesiones, la impulsividad y el poco control de las emociones.

La aplicación ofrece cuatro tipos de actividades para surfear la urgencia de autolesionarte como si estuvieras en una tabla de surf: Relajación, Distracción, Expresión y Liberación, además de la opción aleatoria y ejercicios de respiración. Un ejemplo es nombrar todas las canciones que conozcas que empiecen con la letra A, o apretar cubos de hielo con las manos, actos sencillos pero sumamente retadores para toda persona que ya no encuentra otra manera de seguir sin quemar, mutilar o dañar su integridad física.

Si te interesa puedes descargarla directamente de Play Store o App Store, es gratuita y puede significar la diferencia en el camino de tu recuperación o de alguien que amas.

El arte de sentir

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¿Cómo fue que llegué a un hospital psiquiátrico? ¿Cómo fue que llegué a mi límite? Hace casi tres años mi sentido de vida se quebró por una desesperanza que infectó todo en mí. Encontré en un bote de pastillas la manera de desaparecer el dolor de un vacío desolador. Y desde esa mañana mi mundo se colapsó. Mi estado de ánimo va y viene, justo como la marea. Me erosiona incluso cuando las cosas “van bien.” Las emociones en general me agotan e intento más y más fuerte alejarlas de mí. No sentirlas. Sin importar cual sea. Sólo no.

En medio de la noche doy vueltas en mi cama como buscando un motivo para seguir viva. De reojo veo una foto sobre mi tocador con recuerdos de un año nuevo en San Miguel de Allende, con mi hermana sonriendo abrazada a mí. Un destello de contradicción eyaculó en mi mente diciéndome a gritos que la vida es simple. Hermosa. “Sigue adelante.”

La mañana siguiente esperé estar de vuelta en la luz de la esperanza. Pero las nubes no se dispersaron y encerraron en su misterio al eco de los rayos del sol. Lo único que sabía era que estaba llena de heridas y aún seguía de pie.

Una persona solitaria. Que piensa en exceso. Demasiado curiosa. Ansiosa. Con el tiempo, la terapia, la yoga y los medicamentos, he descubierto una manera “sana”para tranquilizar mis emociones, pero en el fondo a veces sólo deseo sencillamente no sentir nada. Aunque no sé lo que es peor, experimentar el vacío o sentir todo de una forma extremadamente intensa. Cada que pienso en eso siento mi estómago revuelto preguntándome si debo acurrucarme en el suelo y llorar. Esto es muy parecido a lo que solía sentir. Solía ser. Pero ahora puedo sostenerme a mí misma en el borde, ¿No es así? Hablarme gentilmente para regresar al piso seguro y recobrar la respiración para reducir la ansiedad que está burbujeando por puro hábito. Un recordatorio de mi Yo que ha caminado en el sendero de la recuperación en el último año, me dice que no quiere que sus sentimientos sean ignorados por mi comodidad. Ella quiere que yo hable con honestidad. Radicalmente. Me confiesa que mi dolor no es un inconveniente. Me pregunta si quiero su ayuda y finalmente, tengo el valor de decir “Sí. Por favor.”

“Te noto deprimida” me dijo mi psiquiatra Julián, resaltando que tengo el derecho a sentir desesperanza, así como a las demás emociones. “La prioridad es sacarte de ahí para recuperar las ganas de vivir y continuar donde te quedaste. No te juzgues, no es un retroceso, ¿Bien?” “Sí” le respondo poco convencida.

Como todo, el arte de sentir requiere práctica; necesito aprender a estar triste, así como sé estar feliz. Terminar con la dedicación a perpetuar la idea de que otras personas de alguna manera saben lo que están haciendo menos yo. Cerca de la medianoche una chica en Instagram publicó en su cuenta algo acerca de lo ridiculamente dificil que es vivir la vida, recordándome que ninguno de nosotros hace las cosas de forma única. Que no estamos solos. Apesar de vivir en diferentes mundos, algunos separados por años y distintas vidas. Pero en ese momento, en esa noche, las dos estábamos necesitadas de alguien con quien hablar. Interacción humana.

Algo dentro de mí me asegura que en realidad ninguno de nosotros sabemos lo que estamos haciendo. Que no hay una forma correcta de vivir. Lo hace susurrando mientras me cubro con el edredón de mi cama, confesándome que tengo miedo de volver a cometer los mismos errores del pasado. Enrredarme en la sensación de no ser suficiente y eventualmente agotarme. Miedo de convencerme de que necesito más que las terapias, los medicamentos y la yoga para superar todo esto y me derrote ante la idea que que todo este proceso es inútil.