Real

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Hay momentos en los que me siento insegura acerca del camino que estoy tomando. Momentos en los que dudo de mis decisiones, habilidades, mi belleza, mi valor. Hay una voz dentro de mi cabeza que surge de vez en cuando y me grita “No deberías trabajar en esto, es una pérdida de tiempo” o “No puedes hacer yoga” o “No eres buena escritora”, “Estás loca” o “Estás gorda”, “No eres bonita”, “No eres lo suficientemente talentosa.” Escucho esta voz, cada vez. Cuando me identifico con ella, mi mundo entero se colapsa. Empiezo a compararme con otras personas y alimento esa voz “Sí, debería ejercer mi carrera” “Sí, puedo ser más delgada. Más linda. Ser mejor en mi práctica yogica. Escribir mejores columnas. Ser más exitosa.” Sólo con el pensamiento,  minimizo todo mi ser. Mi mente gira en una espiral de devaluación seguida de mis emociones.

En este punto, tomo mi celular. Me siento tan insoportable que necesito una distracción. ¿Qué mejor forma de distraerme de tantos juicios que en las redes sociales? Entonces comienzo a navegar y navegar. Todas las chicas son tan delgadas. Visten ropa fabulosa, zapatos tan coloridos. Mis amigos de la universidad tienen trabajos estables en empresas conocidas. Viajan. Y yo, estoy aquí, en mi sillón comiendo palomitas, trabajando en mi sueño, buscando la forma de hacerlo crecer. Cuando mi mente se va y empieza a buscar soluciones a mi pronunciada devaluación personal. “Tal vés debería ponerme a dieta, comer menos, vomitar más. Inmediatamente perder unos cuantos kilos. Cambiar mi guardaropa. Maquillarme. Renunciar a mi proyecto y trabajar por los sueños de alguien más. Ir a mi techo y tomar unas cuantas fotos hermosas y decirle al mundo lo bien que la estoy pasando, ya saben. Casual. Eso me hará sentir fabulosa.”

Pero no. Estoy tan harta de que mi mente esté diciéndome “Si haces X Y y Z serás más feliz. Si cambias, si mejoras, valdrás más.” Eso es mierda. Definitivamente odio las dietas, son una completa tortura, además la obsesión con mi peso sólo me ha traído problemas. Me gusto con y sin maquillaje. Creo en mi trabajo y confío en él. Quiero quedarme como estoy, con mis leggins, mis botas y blusas negras y quiero amarme. En este momento. Ahora. No después, no en un futuro imaginario que nunca llega. Aquí. Quiero un amor personal sólido, inquebrantable, al que no le importe la voz de mi cabeza.

La urgencia para dejar este círculo destructivo es tan fuerte que me levanto y voy afuera. El sol se está ocultando. El cielo está lleno de colores púrpuras, rosas, naranjas y amarillos. Mi perro se acerca a mí y me pide una caricia. Todo lo que necesito para sacudirme esa voz es esto. Estos colores. El cielo. Mi perro. Esto es real. Mi vida que es hermosa, por cierto, es real. Real. La neurotica y absurda voz dentro de mi cabeza que me dice que no soy suficiente no es real. En lo más mínimo. Ni siquiera un poco.

Entonces. ¿Por qué darle atención? El segundo en el que paro de alimentarla con mi atención, se detiene. Llega el silencio, y con él, la comprensión de que todo es perfecto. Que no soy perfecta y eso es perfecto. Que soy hermosa e inteligente y tan valiosa. Y sé, que esas chicas y chicos en Instagram y Facebook también lo son. Todos sentimos dolor y algunos de nosotros estamos tratando fuertemente de cubrirlo con cosas superficiales como parecer perfectos, demostrar la mejor vida y conseguir la mayoría de likes en las redes sociales. Pero al final, no hay nadie que se nos compare. Sólo estás tú. Sólo estoy yo. Este momento. Este sorprendente cielo y la elección de estar aquí. Para no desaparecer en la falsa realidad que la mente crea. Para estar aquí. Vivos. Despiertos.

¿Qué puede ser más importante que esto?

Basta

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“El que con lobos anda, a aullar se enseña”

Un popular refran que ha estado rondando mi mente.  Tarde o temprano las conductas con aquél o aquellos que pasas tu tiempo influyen en las tuyas. Sí.

En realidad esta idea puede explicar como es que crecí con algunas características.

“Por supuesto que he vivido así. Por supuesto que resultó así “.

Y sí, mucho de eso es cierto. Hay hábitos que recogí del suelo y continué cargando a lo largo de mi vida, influenciada por lo que veía, que acostumbraba. Cicatrices de otras personas en mí con las que debo vivir y que quiero dejar ir. Sanar. Avanzar.

Es dificil. Lo sé. Lo sé. Estoy intentándolo.

Pero la clase de intento que he estado haciendo no ha estado funcionando. A llegado la hora de un nuevo enfoque.

Es hora de darme cuenta que soy el lobo. Que todas esas historias que giran en mí cabeza cada día están jugando un papel importante en mi dolor. No, tal vés no puedo cambiar las cosas que me hacen pensar de esa forma, pero puedo escoger dejar de escucharlas.

He estado educándome para decir, “Basta”. A veces en silencio, en voz baja mientras estoy sentada detrás de la mesa. A veces en voz alta y en repetidas ocasiones mientras estoy duchándome por la mañana o caminando a casa con mi perro. Cada vez que uno de esos pensamientos me viene a la cabeza y trata de encender un fuego que no necesita existir.

Alarmista. Extremista. Miedosa. Moldeada en la angustia. Repitiendo una y otra vez hasta que me olvide de que ese pensamiento no tiene por qué ser verdad hoy. No tengo que darle mi tiempo, mi respeto, mi atención.

Estoy practicando para detenerlos en cuanto cada uno de ellos se dispare. Cortarlos por completo. No dándoles tiempo para que pongan sus garras en mí.

“Ella lo hizo a propósito porque–BASTA”

“No puedo hacerlo–BASTA”

“Estarían mejor si–BASTA.”

Censurar los telegramas que mi aprendido comportamiento está tratando de enviar.

Basta.

Ensayo. Ensayo. Ensayo detenerme.  No quiero ir a donde van y no tengo porque seguirlos. Basta de esos pensamientos.